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QUIERO FRECUENTAR GETSEMANÍ

QUIERO FRECUENTAR GETSEMANÍ

Getsemaní significa molino, o prensa de aceite, quizás a causa de los olivares que allí crecían, y porque allí se hallaba una instalación para extraer el aceite de esta planta. Está ubicado al pie del monte de los Olivos, frente a Jerusalén. 
 
En Getsemaní tuvieron lugar algunos hechos trascendentales, la noche del apresamiento del Señor. Miremos el relato sagrado:
 
Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú (Mt. 26:36-39)… “Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lc. 22:44).
 
Yo estuve en el huerto de Getsemaní en el año 2011, en mi primer viaje a Israel, y vi los enormes Olivos milenarios, y el lugar donde la tradición dice que Jesús se arrodilló a orar aquella tétrica noche de agonía. Pero, aunque anhelo regresar físicamente al sitio,  quiero, mucho más, frecuentar Getsemaní espiritualmente, por estas causas especiales:
 
1.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque deseo permanentemente ser parte de un tipo de discípulo, que no se pierde como un mero número entre la multitud, sino que pertenezca al círculo íntimo del Maestro, como el compuesto por Jacobo, Pedro y Juan, que acompañaba a Jesús en sus momentos cumbres de gloria o de pesar (Comp. Mt. 17:1 con Mr. 14:33).
2.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque en él soy mostrado como vulnerable al dolor, aunque otros exageren mi fuerza interior, debido a la manifestación de la autoridad de que somos revestidos para el santo ministerio. Getsemaní me revela que yo también atravieso momentos de profundas tristezas y angustias indescriptibles, cuando me siento tan solo, que suspiro por el consuelo de algunos amigos de fe. Mas, no debo olvidar que el refugio más seguro donde verter las lágrimas del corazón, no es otro que la presencia misma de Dios.
 
3.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque allí se testifica que no se puede vivir una vida espiritualmente victoriosa, ignorando el poder que Dios ha delegado a la Comunidad Cristiana (Ver Mt. 16:18). Getsemaní me muestra una reunión de hermanos, convocados por Jesús para ocuparse en la oración. Allí estaban tres de los pioneros del cristianismo, llamados a prevalecer contra el desgaste de las fuerzas, la oscuridad de la noche, y el asedio de la potestad de las tinieblas. Si ignorara que mis hermanos son muy importantes para mi en el ganar las batallas, ya sería suficiente, para hundirme en mi propio peso de debilidad. Getsemaní me recuerda que me debo congregar siempre para orar, y así poder estar en pie en los momentos de tormentas.
 
4.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque el ministerio no es más importante que la fuerza que lo impulsa, a la que llamamos “oración”. No quiero desprenderme jamás de esa realidad que exige estar a solas con Dios, como fuente indispensable de poder, para luego servir a los hombres con la obligatoria unción que impone el sagrado ministerio (Ver Mr. 1:35).
5.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque es un sitio referente de la importancia que tiene desechar mi propia voluntad, e imitar al Maestro quien decía al Padre en sumisa oración: “… Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). La única garantía que Dios nos ofrece para vivir seguros, es abrazar su voluntad a cualquier costo, porque aunque al principio cause dolor elegirla, al final se nos ofrece por ella, una corona de gloria.
 
6.    Quiero frecuentar Getsemaní, porque allí aprendo que la oración que da victoria, es mucho más agresiva que aquella que termina donde las fuerzas se acaban. Quiero ver a mi Maestro ir tres veces a decirle al Padre la misma petición. Me alecciona verlo en el momento de su agonía, orando, entonces, más intensamente, hasta que en una noche muy fría (Comp. Mr. 14:66-67; Jn. 18:18), sudaba como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. ¡Señor, ayúdame a prevalecer en oración, hasta que venga del cielo una respuesta que me traiga fortaleza! (Ver Lc. 22:43).
 
7.    Finalmente, quiero frecuentar Getsemaní, porque aunque allí, muchas veces, mi petición no se responde por la vía que mi carne la prefiere, es allí donde soy sobrenaturalmente preparado para enfrentar con valor la prueba de mi fe. Getsemaní me dispone para beber con determinación inexplicable, la copa amarga del dolor, en cuyo mismo cáliz beberé luego el vino espiritual de las consolaciones de Dios.
 
Hermano, si tu camino de consagración pasa por Getsemaní alguna vez, de seguro querrás volver allí, igual que Jesús frecuentaba aquel lugar con sus discípulos durante su ministerio público (Ver Lc. 21:37; Jn 18:2).  ¡Que estas lecciones, nos ayuden a entender, que la vida cristiana no consiste en una mera profesión nominal de una fe sin vida, sino que entraña un compromiso con Dios que nos hace tenerlo a Él como el insustituible amigo para todas las circunstancias de nuestro peregrinar!
 
Deseando animarte a frecuentar Getsemaní,
 
Soy tu servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
Iglesia E. Monte de Sion.
 
¡QUE HAYA MUCHA ORACIÓN UNIDA ESTE FIN DE SEMANA EN LA CASA DE DIOS, EN LA IGLESIA!
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