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REDUNDANCIA JUSTIFICADA EN EL SALMO 51

REDUNDANCIA JUSTIFICADA EN EL SALMO 51

El armiño, es un animalito oriundo de las selvas de Asia y Europa, y que protege con singular celo su blanco pelaje. Él se cuida así mismo para no mancharse, especialmente en invierno, cuando su piel se torna blanquísima. De esta característica suya, los cazadores obtienen cruel ventaja. Lo que estos hacen es cubrir con barro la entrada de su cueva. Y cuando este llega a su vivienda, en lugar de limpiar la puerta obstruida por el barro, por no manchar su piel, prefiere ponerse a luchar contra los perros de caza, ante los cuales siempre sale perdiendo. ¡Por mantenerse  limpio, el armiño pierde la vida!

El ejemplo del armiño es una muda condena a la impureza, la cual lleva a la ruina a incontables seres humanos. El Señor Jesús declara: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8).  Ciertamente, la limpieza del alma proporciona genuina alegría: “Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus camas” (Sal. 149:5). “Considera al íntegro y mira al justo, porque hay un final dichoso para el hombre de paz” (Sal. 37:37).

El Salmo 51 es, por un lado, un velo descorrido hacia el infortunio del alma que ha caído. Mirando desde la ventana de este himno imprecatorio, podemos aleccionarnos, y evitar descender a la mazmorra maloliente del pecado consumado.

Pero también el Salmo 51 alumbra el camino para quienes, desde las profundidades de un fracaso, quieren regresar a casa. Una virtud de David destila en este triste cantar, es su sinceridad. A pesar de haber despertado espiritualmente muerto tras su craso error con Betsabé, David le dice luego al profeta inquisidor: “Pequé contra Jehová” (2 S. 12:13). Al confesar su pecado, el monarca comenzaba a andar la primera milla en el camino de su restauración. La sinceridad del corazón es un atributo que armoniza con la verdad de Dios, y aun usada desde el pozo más profundo, abre la oportunidad al ascenso por el que llora un corazón caído.

El Salmo 51 es, además, la revelación de que únicamente Dios puede devolver las virtudes que el pecado haya quitado. David reconocía que más allá de la sangre animal que cubría el pecado, él necesitaba una operación interior que solo Dios podía hacer, en forma soberana. Por eso, miremos,

Las peticiones que hace a Dios en el Salmo:
 
1.    Ten piedad de mi…
2.    Borra mis rebeliones.
3.    Lávame más y más de mi maldad.
4.    Límpiame de mi pecado.
5.    Purifícame con hisopo.
6.    Lávame y seré más blanco que la nieve.
7.    Hazme oír gozo y alegría.
8.    Esconde tu rostro de mis pecados.
9.    Borra todas mis maldades.
10.  Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.
11. Renueva un espíritu recto dentro de mí.
12. No me eches de delante de ti.
13. No quites de mi tu Santo Espíritu.
14. Vuélveme el gozo de tu salvación.
15.  espíritu noble me sustente.
16. Líbrame de homicidios.
17. Abre mis labios.

Finalmente, David estaba desesperado, debido al vacío que sentía por su pecado. Entonces, le enfatiza a Dios estas palabras y frases, a las que llamamos, redundancias justificadas:

v. 1 Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
“Ten piedad… conforme a tus piedades”, ello es acorde también a la misericordia divina.

v. 2 Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
“Lávame”, “límpiame”, hazlo “más y más”. No le echa la culpa a otro. Dice: esta es mi maldad, este es mi pecado.

v. 4 Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.
David sabe que todo pecado, aunque sea contra el prójimo, es contra Dios también. Por eso redunda aquí: “Contra ti, contra ti”.  Otra vez brilla su sinceridad: “he pecado… he hecho lo malo”.

v. 5 He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
Hay una inclinación innata en nuestra naturaleza humana, hacia el mal. Por tanto, dice: “en maldad”, “en pecado” fui formado, así me concibió mi madre.

v. 6 He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
El énfasis muestra, primero, que el pecado no es una mera acción visible, sino que sale del corazón (Mt. 15:19), y segundo, que Dios ama la rectitud que se guarda internamente. Así que es sabio el que llena su fuero interno de la verdad.

v. 7 Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.
Este es el clímax de la redundancia del penitente rey. Ya lo había dicho en el v. 2. Ahora otra vez, el énfasis: Purifícame, lávame; seré limpio… Podemos así entender el sentido de urgencia por purificación que se experimenta cuando la mácula del pecado ensucia un santo corazón.

v. 10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.
Crear un corazón limpio, y renovar un espíritu recto, es conforme a la enseñanza neo testamentaria del nuevo nacimiento (Ver Jn. 3:1ss).

v. 11 No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu.
Los dos no por los que suspira, revelan el pavor que se experimenta desde el pozo del pecado, por perder la comunión con Dios, y por la expectación de ser desposeído del bendito Espíritu Santo.

v. 14 Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación.
Decir orando aquí, “… Dios, Dios… ”, muestra la confusión por tener sus manos manchadas de la sangre de aquel justo, Urías. A David le fue prohibido construir el templo, precisamente por haber derramado tanta sangre (Ver 1 Cr. 28:3).

v. 15 Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza.
El pecado y la alabanza a Dios, son incompatibles. Después del pecado, se necesita un milagro también en los labios, para que se exprese allí un fruto de alabanza.

v. 16 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto.
David tiene tal concepto de que Dios debe ser remunerado cuando se le ofende, que estaría dispuesto a dar todo lo necesario por volver a tener comunión con él. Pero en forma  redundante se enseña que los sacrificios de animales no pueden renovar el corazón. Dios prefiere un corazón contrito y humillado. Además, Cristo crucificado, es la perfecta ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante (Cf. Ef. 5:2).

v. 19 Entonces te agradarán los sacrificios de justicia… entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.
Aquí, la redundada mención al tiempo exacto cuando hallaremos el agrado de Dios. Las ofrendas deben ser de gratitud, y no el intercambio por las bendiciones y los beneficios salvíficos del Señor.

Amados, ¡Sujetémonos de Aquel que es poderoso para guardarnos sin caída!(Ver Jud. 24).   ¡Que el Salmo 51 nos sea un tratado redundante de sabiduría para prevenir el fracaso! ¡Que nunca tengamos que experimentar aquel grito imprecatorio causado por relajar nuestra pureza! ¡Que como el armiño cela su limpieza, nosotros también prefiramos mantener intacta la vestidura que Cristo nos ha dado!

Con esta redundancia justificada,

Vuestro servidor,
Pst. Eliseo Rodríguez.

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