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SI CANTO ES PORQUE…

SI CANTO ES PORQUE…

No se debe cantar por cantar. Debe haber la motivación correcta, genuina y espiritual, para cantar. La Biblia está llena de historias maravillosas acerca de hombres y mujeres que cantaron en circunstancias tan especiales, como disímiles. Examinarlas nos ayudará a encontrar la razón misma para nuestras alabanzas. Así que vamos de viaje por la Palabra de Dios, para encontrar los móviles que nos hacen entonar alabanzas al Dios Todopoderoso.

En primer lugar, si canto es porque se ha producido un fruto que me hace confesar el Nombre del Señor (Ver He. 13:15). Por tanto, debe haber una siembra interior en nosotros, eso a lo que la Biblia llama, “ …la abundancia del corazón” (Mt. 12:34). Cuando el canto proviene de una vivencia, deja de ser un mero rezo musical, y se convierte en un testimonio audible a Dios y a los hombres. De eso se trataba cuando un rey pagano, con quien Dios trató dijo: “Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo” (Dn. 4:2). El salmista cantó de su experiencia cuando dijo: “Haz cambiado mi lamento en baile, desataste mi cilicio y me ceñiste de alegría; por tanto, a ti cantaré gloria mía, y no estaré callado” (Sal. 30:11-12). La melodía del cantar a Dios, halla su hermosura en la experiencia personal con el Señor que sirve de móvil a ese canto. Sin ello, todo sería como metal que resuena y címbalo que retiñe.

En segundo lugar, si canto es porque estoy ofrendando a Dios mi canto. “A ti cantaré, gloria mía” (Sal. 30:12), “Dirijo al rey mi canto” (Sal. 45:1), “Te exaltaré, mi Dios, mi rey, y bendeciré tu nombre… ” (Sal. 145:1). Cuando los hijos de Israel comenzaron a entonar cantos de alabanzas al Señor, Dios envió confusión al ejercito enemigo, y los soldados de Dios, ganaron la batalla (Ver 2 Cr. 20:22). Hay que definir cuándo los cánticos son de alabanzas, y la manera de identificarlos es examinando si las letras se dirigen directamente a Dios. De ese tipo era el cantar de Pablo y Silas en la cárcel de Filipos: “… cantaban himnos a Dios… ” (Hch. 16:25). Existen cantos de ánimo, de confirmación de la fe, de testimonio, pero para que sean cantos de alabanzas, su estructura gramatical debe ser un tributo a Dios, expresado en la segunda personal del singular. Por ejemplo: “Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré” (Sal. 91:2). 

 En tercer lugar, si canto es porque cantar me sirve de instrumento de oración y súplica. Necesitamos volver a cantar aquella oración que Dios inspiró a la poetisa inglesa Frances Ridley, en el siglo XIX: “Que mi vida entera esté, consagrada a ti Señor”.  En el himnario judío encontramos este clamor: “Ten misericordia de nosotros, oh Jehová, ten misericordia de nosotros” (Sal. 123:3). En otro también se suplica:  “Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová” (Sal. 126:4). Melodiosamente pudiéramos suplicar con Jaime Murrell: “Yo quiero más de ti”, o con Marcos, “Como el siervo busca por las aguas, así clama mi alma por ti, oh Dios”. La petición armónica es un desahogar del alma cansada en los brazos amorosos de nuestro Buen Pastor.

En cuarto lugar, si canto es porque mi cantar halla su base principal en la Redención de Cristo. Una vez que hemos recibido el regalo del nuevo nacimiento, contraemos el sagrado deber de la alabanza y la adoración a nuestro bendito Redentor. Miremos este cuadro: “… y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación (Ap. 5:9). 

Una de las ilustraciones sagradas sobre el cantar por haber sido redimidos, fue el cántico de Moisés, después de atravesar con el pueblo libertado, el Mar Rojo en seco: “Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron: Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente” (Ex. 15:1). Ese Mar Rojo abierto, era tipo de la sangre de Jesucristo, que nos ha hecho salvos de Satanás, de la esclavitud del pecado, de la muerte eterna y nos abre el camino a la presencia de Dios. En el Apocalipsis, este cántico se atribuye también al Cordero, y nuevamente lo entonan los redimidos: “Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos” (Ap. 15:3). Así que la gran salvación de que hemos sido beneficiarios en Cristo, es ya en sí misma, la principal motivación para cantar al Señor por siempre. Aunque todos estamos sujetos a la paciencia que viene de la prueba (Ro. 5:4), y aunque todas nuestras peticiones no se hayan respondido de la manera que lo deseáramos, el haber sido redimidos, enriquece el deber de cantar por siempre las grandezas de nuestro Salvador.

Así que les animo, amados, a que no dejemos de cantar cuando Dios esté probando nuestra perseverancia en sus promesas. Les animo a cantar a Dios aun cuando las espaldas estén heridas por el Enemigo, a cantar cuando una leve tribulación momentánea, esté produciendo en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria (Cf. 2 Co. 4:17). El dolor es el yunque bendecido, donde las manos divinas forjan la grandeza. Que podamos decir con Job en la peor aflicción: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25).

Si esto hacemos, y si nuestra motivación es correcta, es evidente que formaremos parte de aquel gran coro universal que canta: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:13).

Con un himno de gratitud y victoria,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodriguez

Iglesia E. Monte de Sion.

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