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¡SI CONOCIERAS EL PODER DE SU RESURRECCIÓN!

¡SI CONOCIERAS EL PODER DE SU RESURRECCIÓN!

Hay una gran similitud entre el primero y el último milagro de Cristo. Ambos se encuentran en el evangelio de Juan. El primero, en el capítulo 2 y, el último, en el 21. El primero fue convertir el agua en vino; el último, la pesca milagrosa. En el primer milagro Jesús y sus discípulos fueron invitados a unas bodas; en el último, había presente siete de sus discípulos. El primer milagro ocurrió en Caná de Galilea; en el último, allí estaba Natanael que era de Caná de Galilea. En el primer milagro algunos no tenían vino; en el último, otros no tenían peces. En el primero, una Palabra de Jesús obró la provisión; en el último, igualmente, una Palabra suya hizo accionar la fe y manifestó el portento. Pero lo más sobresaliente es que, en el primer milagro, Jesús manifestó su gloria (Jn 2:11) y en el último, se manifestó a sí mismo a los discípulos (21:1,14).

¿Qué preferimos, ver la manifestación de la gloria de Cristo, o verlo a él manifestado a nosotros? Pablo fue inspirado para ayudarnos a elegir entre ambas expectativas. Él denominó el conocimiento de Cristo Jesús como una excelencia. Y cuando puso en balanza el ganar a Cristo frente a todas las cosas, estimó todo como pérdida con tal de obtener la mayor ganancia que era su Señor. Respecto a ser hallado justo, entendió que su propia justicia según la Ley no servía para nada, sino la que Dios transfiere al creyente, la justicia que es de Dios por la fe. Entonces, el apóstol expresó la cumbre de su propósito cristiano: a fin de conocerle (a Cristo) y el poder de su resurrección… (Fil 3:7-11). Me detengo aquí para acentuar nuestra necesidad de conocer al Cristo resucitado. Por tanto, consideremos ahora tres aspectos sobre el poder de su resurrección:

Primero, la resurrección de Cristo validó a favor nuestro su sacrificio en la cruz. Pablo dijo que, si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana, aún estamos en nuestros pecados (1 Co 15:17). Debemos ser precisos: la expiación no se obró el día de la resurrección, sino en el momento que Jesús expiró en la Cruz. Aquel Cordero levantado de la tierra pudo decir: Consumado es (Jn 19:30). Ello significa que la deuda moral que teníamos con Dios fue cancelada para siempre. Así como las manos del pecador se ponían sobre la cabeza del cordero, y la culpa del hombre recaía sobre la víctima inocente (Lv 3:7,8), en la cruz Dios transfirió nuestros pecados a Jesús, y, cual Cordero expiatorio, recibió sobre sí nuestro castigo (Isa 53:5,6). Por tanto, su muerte cumplió a nuestro favor las demandas de la justicia divina. Aquí está la garantía de que nuestros pecados fueron perdonados. Ahora, la resurrección de Cristo fue el primer escalón de su ascenso al cielo como nuestro Sumo Sacerdote. Si Cristo no hubiese resucitado de entre los muertos, ¿quién podría tomar su sangre y llevarla ante la Majestad? Solamente Él tenía la prerrogativa de presentar su propia sangre ante el trono de Dios. Por tanto, cuarenta días después de resucitar, ascendió y entró con su propia sangre al Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención (He 9:12).

Segundo, la resurrección de Cristo nos muestra su poder vivificante. El primer Adán fue alma viviente, el postrer Adán (Cristo), espíritu vivificante (1 Co 15:45). Uno de los pasajes más elocuentes al respecto es Efesios 2:1: Y él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados. Por un lado, aquí se revela el poder letal del pecado: muertos en… pecados. Por el otro, se pone al relieve la autoridad de Cristo para dar vida. Él dijo que como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así el Hijo a los que quiere da vida (Jn 5:21). La vida eterna que otorga la gracia divina, tiene a Cristo como mediador absoluto. Una débil mirada a Cristo y a su sacrificio vicario, puede cambiar la muerte en vida. Esa será siempre la experiencia de un hombre arrepentido. ¿No es ese el cuadro que nos presenta la serpiente levantada en el desierto? Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía (Nm 21:9). Fue tan contundente ese tipo de la redención, que Cristo lo usó para mostrar el poder vivificante que otorgaría su expiación: Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Jn 3:14). Y cuando el escritor del cuarto evangelio terminaba su obra narrativa, habló de la vida que viene a través de la fe en el Señor: Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre (Jn 20:30,31).

Tercero, la resurrección de Cristo nos ofrece esperanza ante la muerte. Sabemos que, si él vive, nosotros también viviremos (Jn 14:19). En la Biblia el número siete representa la perfección desde el punto de vista de Dios. En la Palabra encontramos seis milagros de resurrección antes de Cristo morir por nosotros. Tres ocurrieron en el Antiguo Testamento: El hijo de la viuda de Sarepta, el hijo de la mujer Sunamita y el hombre que resucitó al ser echado sobre los huesos de Eliseo (1 R 17:17–24; 2 R 4:32–35; 13:20, 21). Y tres ocurrieron en el Nuevo Testamento bajo el ministerio público de Cristo: el hijo de la viuda de Naín (Lc 7:12–15), la hija de Jairo (Lc 8:41–56), y Lázaro (Jn 11:41–44). De este modo, la resurrección de Cristo es el séptimo milagro de este tipo. El poder de Dios sobre la muerte halló su expresión más brillante en la persona de nuestro Salvador. Por tanto, los apóstoles enseñaron que la muerte no tiene ya aguijón contra los creyentes, ni el sepulcro tiene victoria sobre los que reciben a Jesús. Entonces, nuestra esperanza de resurrección se expresa así: sorbida es la muerte en victoria (1 Co 15:54,55). El profeta Daniel habló del día cuando los muertos serán resucitados, y especificó que hay dos destinos después de ese evento: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Dn 12:2). Cristo mismo habló de su poder para resucitar los muertos: … vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación (Jn 5:28,29). Y Pablo dejó claro que, cuando venga el Señor, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que habremos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos para recibir al Señor en el aire y así estaremos siempre con el Señor (1 Ts 4:16-18).

Amados, como dijo Crisóstomo, digamos también nosotros: ¿A qué puedo temer? ¿Será a la muerte? Pero todos vosotros sabéis que Jesucristo es mi vida… ¡Permita el Señor que nuestros ojos puedan ver más allá de una tumba físicamente vacía! ¡Que podamos discernir el significado trascendente que tuvo la resurrección de Cristo, y el fruto eterno que disfrutarán los que le siguen hasta el fin! Yo amo ver la gloria de Cristo, mas, prefiero conocerlo a él y el poder de su resurrección. ¿Y tú?

En la esperanza de la vida eterna,

Un servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.

www.iglesiamontedesion.org

www.christianzionuniversity.org

www.quedicelabiblia.tv

NOTA IMPORTANTE: Si entiendes que necesitas la salvación eterna, repite de todo corazón esta oración:

Señor Jesús, reconozco que soy pecador,

Y que tú moriste por mí en la cruz.

Por tanto, me arrepiento de mis pecados

Y te acepto hoy como mi Salvador y Señor.

Ven a vivir a mi corazón y hazme una nueva criatura. Amén.

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