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SIETE INDISPENSABLES DEL SANTO MINISTERIO

SIETE INDISPENSABLES DEL SANTO MINISTERIO

Dios necesita contratar obreros. La existencia y extensión del reino de Dios, requiere de quienes estén dispuestos a hacer la obra que los ángeles no pueden hacer. Pero hay aspectos que son irreemplazables en el ejercicio del Ministerio cristiano. Vamos a verlas:
En Isaías 49, encontramos siete insustituibles del santo ministerio. La lista encabeza así, “Jehová”. Si, es el Señor la causa y el efecto del ministerio mismo. Aquí él aparece haciendo estas siete obras en el obrero a quien llama a servirle:
“Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria. Y puso mi boca como espada aguda, me cubrió con la sombra de su mano; y me puso por saeta bruñida, me guardó en su aljaba; y me dijo: Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” (Isa. 49:1-3).
Esto hace claro que para ministrar en el reino de Dios, hay que tener:
1.    un llamado.
2.    una palabra a manera de espada.
3.    Una cobertura divina.
4.    Un tratamiento especial en el horno de la aflicción.
5.    Un lugar donde ser guardado.
6.    Una buena identidad.
7.    Una disposición incondicional a hacerlo todo para la gloria de Dios.
En primer lugar, se necesita estar seguro de que Dios nos llamó sobrenaturalmente. No entramos al santo ministerio por mera afiliación. Cuando se sirve a Dios, se llegan a sufrir muchas angustias. En medio de ellas nos alentará saber que el que nos llamó es responsable por nuestro sostenimiento. ¡Si puedes recordar el día cuando el Señor te hizo tu llamado al ministerio, también podrás contar las veces que el recuerdo de ese día, te servirá de incentivo para continuar sembrando la buena semilla de la fe! 
Segundo, Dios equipa al que llama al ministerio de la Proclamación de su Reino, con una Palabra a manera de espada aguda. Salomón dijo que las palabras de los sabios son como aguijones, y como clavos hincados, las de los maestros de las congregaciones, dadas por un pastor (Ec. 12:11). La única espada que usa el ministro, es la espada del Espíritu, la Palabra de Dios. Por eso, ha de llenar su “vientre del rollo de la Palabra” (Ez. 3:3), para que de esa abundancia del corazón hable su boca (Lc. 6:45).
En tercer lugar, no se puede servir a Dios desestimando al Enemigo. Hay una Jezabel contra cada Elías (1 R. 19). una contra esperanza a la fe (Ro. 4:18), un Belial que enfrenta a Cristo, hay ídolos contra el templo de Dios (2 Co. 6:15-16). Hasta el que moja en el plato “amigablemente”, puede levantar en contra el calcañar (Jn. 13:18), hay una contradicción de pecadores contra el santo (He. 12:3). Por tanto, Dios ha asignado al que llama, la protección más segura: “… me cubrió con la sombra de su mano”. Esto es bendito porque estar bajo esa sombra protege de todo aquello que nos amenaza. Pero es un reto, pues permanecer debajo de esa nube, requiere una determinación: que con propósito del corazón, se permanezca fiel al Señor (Ver Hch. 11:23). 
En cuarto lugar, Dios hace de sus siervos, saetas bruñidas para su mismo Ejército. Una saeta es un arma filosa y cortante contra el Enemigo. Pero es más eficaz, cuando es saeta bruñida. Eso es un tratamiento térmico, sometiendo el metal al fuego vivo. Por tanto, como saetas de Dios, debemos tener una postura positiva ante el sufrimiento que Dios permita que experimentemos. Ese fuego nos hará más efectivos para poder permanecer de pie ante los ataques del Maligno y ser más hábiles en la destrucción de fortalezas (2 Co. 10:4). Pablo sufrió tanto por causa de Cristo, que dijo llevar en su propio cuerpo las marcas del Señor Jesús (Gl. 6:17). Pero esa intensidad de aflicción, vino acompañada de este cántico: “Dios nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús” (2 Co. 2:14). “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13). 
Quinto, nunca somos dueños del ministerio al que se nos ha llamado. Somos saetas en la aljaba de Dios. Nuestra vida está comprometida con el uso que Dios quiera hacer de nosotros. A partir de nuestro “Heme aquí”, el Señor puede enviarnos a enfrentar a Faraón, a pelear contra un gigante, a casa del alfarero, al desierto, y a toda comisión que nos quiera asignar (Ex. 3:10; 1 S. 17; Jer. 18:2; Hch. 8:26). David, cual saeta en la aljaba de Dios, le dijo a Goliat: “Yo vengo a ti en el Nombre de Jehová de los Ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel… ” (1 S. 17:45). Otro dijo así: “Me envió Jehová el Señor, y su Espíritu” (Isa. 48:16). También lo expresó así Miqueas: “Mas yo estoy lleno de poder del Espíritu de Jehová, y de juicio y de fuerza, para denunciar a Jacob su rebelión, y a Israel su pecado (Miq. 3:8).
 
En sexto lugar, al entrar en el Ministerio, Dios nos entrega una identidad especial: “Mi siervo eres tú”. El siervo, es por naturaleza, obediente, humilde, atento a su señor: “He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores… así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios… ” (Sal. 123:2). Si se le puede llamar a alguien, “un gran siervo de Dios”, ha dejado de ser siervo. Si es grande, ya no es siervo. Por tanto, la gloria del siervo cristiano, es el Señor mismo, para quien trabaja. El mismo Dios presenta al Hijo, como su siervo: “He aquí que mi siervo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy en alto” (Isa. 52:13). El apóstol Pablo, perito arquitecto de la fe gentil, y el único de los apóstoles que pudo decir: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo, se firmaba en sus cartas: “Pablo, siervo de Jesucristo” (Ro. 1:1; Tit. 1:1, Stg, 1:1). ¿Qué queda para nosotros?
 
Por último, es insustituible en el santo ministerio, el ministrar para la gloria de Dios. ¿Podrá decir Dios de nosotros hoy “en ti me gloriaré? ¡Cómo se cuidaba Pablo de que todo fuera para la gloria de Dios! Por eso decía: “… hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Hablando de su triunfo en el santo ministerio, decía: “… Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Co. 15:10). 
 
Amados, el mundo está aun por ver lo que Dios puede hacer a través de un ministro Suyo de esta naturaleza. 
 
¡Señor, gracias por llamarnos a servirte! Afila nuestra boca como espada, mantén la sombra de tu mano sobre nosotros, haznos cual saetas bruñidas, guardadas en tu aljaba. Queremos ser a tal manera tus siervos, que todo lo que hagamos, sea para la gloria de Tu nombre. 
 
Diciendo Amén,
 
Vuestro servidor
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
Iglesia E. Monte de Sion.
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