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TODAVÍA ÉL ES CREADOR

TODAVÍA ÉL ES CREADOR

La primera información que tenemos de Dios en la Biblia, lo presenta como el Creador: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1). Es incuestionable: “los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1). “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas… ” (Ro. 1:20). Igualmente en la primera información que nos llega concerniente al hombre, el poder creador de Dios se hace también evidente: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn. 1:27). Así lo reconoció el Salmista: “… tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre” (Sal. 139:13).
 
Pero hay un milagro que Dios ha repetido ha través de la historia, y continúa asombrándonos hasta hoy. Es el Espíritu de Dios creando a un hombre nuevo, a través del portento de la salvación. Miremos algunos puntos sobresalientes de este maravilloso hacer:
 
En el Antiguo Testamento, Dios hizo ese milagro 
 
1.    Él tomó 25 años en hacer un Abraham que produjera una descendencia espiritual con genes de fe. Pero finalmente, como las estrellas del cielo en multitud, el mundo se ha poblado de los que “… somos bendecidos con el creyente Abraham” (Comp. Gn. 12:1-4; Gn. 21:5; Gl. 3:9). 
2.    Aun la aptitud para servir a Dios, es una creación Suya. El Señor se dirige así a su siervo: “Creador tuyo oh Jacob, formador tuyo, oh Israel” (Isa. 43:1). Él creó a Jacob, pero luego formó a Israel, quien cambiado internamente en forma sobrenatural, llegó a ser cabeza de las doce tribus del pueblo que lleva su nombre (Comp. Gn. 25:26; 32:28; 1 R. 18:31).
3.    Dios usó unos 80 años en la “elaboración”, pero al fin formó un Moisés idóneo, para ir a Egipto como caudillo a libertar al pueblo escogido, de más de cuatro siglos de esclavitud y conducirlo por el desierto hasta la frontera con la Tierra Prometida (Ver Ex. 2 y 3; Hch. 7:20-38).  
4.    Cuando Samuel ungió a Saúl como rey, le dio señales precisas de que Dios estaba tratando con él. Dentro de las más gloriosas, estaba esta: “Después de esto llegarás al collado de Dios…  Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás… y serás transformado en otro hombre”. Inmediatamente a esta profecía, encontramos: “Aconteció luego, que al volver él la espalda para apartarse de Samuel, le mudó Dios su corazón” (Ver 1 S. 10:5-6, 9). 
 
¿Nos resulta glorioso? Pues, miremos ahora, que también 
 
En el Nuevo Testamento Dios hace esa obra creadora 
 
El Nuevo Pacto contiene esta acción maravillosa del Creador: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne… Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo… ” (Ez. 36:26; He. 8:10). 
 
Cuando el nuevo nacimiento ocurre en el individuo, por la acción de la Palabra y del Espíritu, sucede un cambio interno, al que la Biblia llama, “regeneración”. Es una creación divina: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17). “Porque en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gl. 6:15). Dios no va transformando nuestro “viejo hombre”, sino que ha hecho un “… nuevo hombre, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:24). Somos “… labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co. 3:9).
 
Es en esa nueva casa, donde viene a morar el Espíritu Santo (Stg. 4:5). Entonces el Espíritu produce Su fruto dentro del creyente: “El fruto del Espíritu es, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gl. 5:22-23). Nótense, primero, que no es nuestro fruto, sino el del Espíritu. Segundo, que no son frutos, sino, en singular, “el fruto”. Así que lo descrito con nueve características, es el carácter del Espíritu de Dios, manifestado en y a través de la nueva criatura. La plenitud de la vida cristiana se alcanza, cuando el Espíritu de Dios nos tiene por completo, cuando hemos cedido a él el control absoluto de nuestra vida.
 
A veces oímos a cristianos del tipo sarkikós(carnales)decir con cierto orgullo: “Yo soy así en mi carácter, debido a mi apellido; pertenezco a una familia que siempre ha sido de esta forma”. Esta posición revela una ignorancia casi total del sentido bíblico del cristianismo. El evangelio es pleno en la vida del creyente, cuando se puede decir con Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gl. 2:20). Este milagro es más extraordinario que la creación de todo el Universo.
 
Aun la forma cómo nos conducimos diariamente, está relacionada con el poder creador de Dios: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10).
 
Mis amados, cual barro en las manos del Alfarero, debemos tomar una postura voluntariamente dócil, dándole al Omnipotente la oportunidad de crear en nosotros el tipo de vida cristiana por la que Cristo derramó su sangre. Aun hoy Él es “… el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13), porque 
 
¡Todavía, Él es Creador!
 
 
Con vosotros, y esperando ser también moldeado a Su semejanza,
 
Pst. Eliseo Rodríguez 
Iglesia E. Monte de Sion.
Miami, Fl. Estados Unidos.
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