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TRES LECTURAS DE LA CRUZ

TRES LECTURAS DE LA CRUZ

La cruz de nuestro Señor ha sido un emblema de la fe cristiana. No es propiamente el madero el punto de referencia más sobresaliente, sino el Crucificado sobre él. Esa Cruz fue el altar donde fue ofrecido el Cordero de Dios. De esta manera, cuando nos referimos a “la cruz”, estamos hablando del sacrificio redentor del Señor a favor nuestro. George Bennard escribió el himno “En el Monte Calvario”, en 1913, y en una parte se hace eco repetido de este tema:

“¡Oh, yo siempre amaré esa cruz!
En su triunfo mi gloria será,
Y algún día, en vez de una cruz
Mi corona Jesús me dará”.

Mirando la cruz desde la perspectiva Bíblica, observamos varias lecturas que de ella han hecho a través de los tiempos muchas personas. Me referiré a tres de esas lecturas o interpretaciones:

La primera es la de aquellos que eran observadores curiosos de la crucifixión del Señor. Las Sagradas Escrituras definen el mismo acto físico de la crucifixión como un espectáculo (Lc. 23:48). Había saña, crueldad, insensibilidad, tanto del pueblo que rechazaba al Señor como de sus ejecutores. Unos se burlaban del Señor al pasar por el camino, diciéndole palabras que dejaban ver incredulidad: “Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” Igualmente hacían los sacerdotes, e inicialmente los dos ladrones que estaban a su lado le comenzaron a injuriar también (Ver (Mt. 27:40-44). El mundo se burla de la cruz. Para ellos es una locura que Dios pueda salvar a la humanidad a través de alguien que muera despreciado y desechado entre los hombres, y con tal ignominiosa muerte, la de cruz.

La segunda lectura de la cruz, la podía hacer Satanás y sus demonios, adversarios espirituales del Salvador. Inmediatamente que el niño Jesús nació, se hizo evidente una persecución contra la vida del Salvador. El Enemigo, usando a Herodes, quería eliminar directamente al recién nacido Emanuel (Ver Mt. 2:13-18). Pero el Padre salvó al Rey de los judíos de esta muerte prematura. Cuando Cristo, antes de comenzar su ministerio público, ayunó 40 días, vino Satanás para intentar hacerlo caer, queriendo poner en duda tres veces la identidad divina del Señor Jesús. Pero Cristo venció. Satanás no es Omnisciente, ni puede escudriñar la mente de Dios. Debido a que el alcance universal de la Cruz es un misterio escondido desde los siglos en Dios (Ver Ef. 3:9), y que las cosas que Dios ha preparado para los que le aman, son aquellas que ojo no vio, ni oído oyó… (Ver 1 Co. 2:9), la lectura de las seis horas de crucifixión del Señor, podía verse por parte del Enemigo Satanás, como que por fin, se estaba derrotando al Hijo de Dios. Pero en la Biblia se nos revela que cada vez que el Enemigo cree que ha ganado alguna ventaja sobre los planes de Dios, siempre el Señor es Vencedor. A veces el malvado Adversario coloca su vara de medición en nuestro territorio para tomar para sí un espacio en nosotros. Es una vara de maldad. Pero la promesa de Dios dice: “… no reposará la vara de la impiedad sobre la heredad de los justos… ” (Sal. 125:3). Dios arrebata con celo esa vara de maldad enemiga de nuestros predios, y finalmente Él sigue siendo nuestro Señor.

La última interpretación es la más importante. Es la que Dios mismo hizo desde la eternidad, para que llegásemos a ser beneficiarios de esa extraordinaria inversión de amor que es la Cruz. Desde la perspectiva divina, Jesús en la Cruz era el Cordero de Dios, que venía a quitar el pecado del mundo (Cf. Jn. 1:29). La Cruz es el “matadero” (Isa. 53:7) donde el Salvador debía obrar nuestra sustitución: “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Es la Cruz el cadalso, o sea, el lugar de la pena capital, donde Dios muestra su justa retribución ante la injusticia humana, imputada a Su Hijo inocente. La Cruz es el mayor monumento a un amor que va más allá de todo intelecto humano, revelado en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros (Ver Ro. 5:8). La Cruz ofrece, a través de la deuda pagada por el Cordero de Dios, el perdón de todos nuestros pecados (Ver Ef. 1:7). La Cruz es la mejor representación de enemistad entre la simiente de Dios y la simiente del Enemigo, en donde el Cordero le asesta una herida mortal en la cabeza a Satanás para darnos la victoria por siempre (Ver Gn. 3:15). La cruz es el poder de Dios que nos permite recibir una nueva vida espiritual. Allí nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo, a fin de no servir más al pecado (Cf. Ro. 6:6). Podríamos decir tanto más de la Cruz, porque este pozo es hondo y de agua viva, que brota incontenible e inagotablemente. Pero dejo ahora este último sentido: Cuando Cristo dijo sobre la Cruz: “consumado es” en Jn. 19:30, ya ningún ser humano creyente en él tiene que repetir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Porque la Cruz, nos ha reconciliado con Dios, y a tal medida, que los que amamos al que murió allí, tenemos con Su resurrección, y ascensión, el camino abierto a la vida eterna, para vivir con Cristo en el cielo por siempre.

El mundo irreverente e incrédulo, se puede seguir burlando de la cruz, y el Enemigo, todavía puede continuar, aunque herido, por corto tiempo tentando a los cristianos, y luchando contra Dios y Su plan de Salvación. Pero para nosotros los que creemos, Cristo crucificado sigue siendo poder de Dios y sabiduría de Dios (Ver 1 Co. 1:24). El abismo que el pecado abrió entre nosotros y el Creador, tiene ahora un puente comunicador, es la Cruz del Señor. Sigamos leyendo siempre la Cruz con la reverencia y gratitud que merece ese acto singular orquestado por Dios, y llenemos al mundo de las Buenas Nuevas de Salvación que se emanan de lo que sucedió en aquel madero.

Testificando que Jesucristo es mi vida,

Soy vuestro servidor y colaborador,

Pst. Eliseo Rodríguez
Monte de Sion.

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