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TU DESTINO FINAL NO ES HARÁN

TU DESTINO FINAL NO ES HARÁN

Dios tiene una buena ruta trazada para cada uno de los que somos Suyos. Aunque millones en la historia han quedado sin cumplimentar el propósito de Dios en sus vidas, la Palabra nos insta a luchar para lograrlo en forma plena. Al mirar detenidamente la vida del padre de la fe, Abraham, encontramos una gran inspiración para decidir no quedarnos a medias, sobre todo, por cuanto el Dios de aquel patriarca, es el mismo de nosotros hoy. Detengámonos unos minutos a buscar en sus huellas el secreto de llegar victoriosos a nuestro destino final:

En primer lugar, aparece un aspecto negativo en lo referente a lograr el propósito completo trazado hacia el futuro. Taré, acompañado de su hijo Abram, de su nieto huérfano, Lot y de la esposa de su hijo mayor, Sarai, “salió… de Ur de los Caldeos… ” donde había muerto su hijo menor Harán, “… para ir a la tierra de Canaán”. Pero caminando rumbo a su destino, llegaron a una ciudad llamada con el mismo nombre de su hijo fallecido, Harán. Con estas palabras la Biblia describe el ocaso: “Vinieron hasta Harán, y se quedaron allí… Y murió Taré en Harán”. Tres frases remarcan el desengaño: “Vinieron hasta… ”, “se quedaron allí”, “murió Taré en Harán” (Ver Gn. 11:27-32). El padre de Abram había perdido la batalla por llegar a su destino final. La muerte fue el último elemento que le arrebató sus sueños. Junto con su deceso, parecía que también estaba frustrada la ruta de los que le habían acompañado desde Ur. Pero la historia no termina totalmente en frustración, porque,

En segundo lugar, aparece la intervención del Dios Omnipotente en la vida del primogénito de Taré. Así lo dice la Biblia: “Pero Jehová había dicho a Abram: vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré… Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán… ” (Gn. 12:1-5). Es evidente que los propósitos de Taré y de Abram fueron los mismos: “Salieron para ir a tierra de Canaán” (11:31 b; 12:5). Pero el destino final fue lo que marcó la diferencia: Taré murió en Harán sin llegar a Canaán; Abram y los que le acompañaban “a tierra de Canaán llegaron”.

Alguien quizás ahora mismo necesita oír esta voz de Dios: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en debes andar… (Sal. 32:8). Necesitamos recordar que este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; él nos guiará… (Sal. 48:14). “… Dios… nos lleva siempre en triunfo, en Cristo Jesús” (2 Co. 2:14). Aunque hayamos logrado avanzar, saliendo de “Ur”, que representa el sistema pagano de este mundo, y nos encontremos en camino a “Canaán”, que representa el objetivo de la vida de fe logrado, a veces la ruta nos lleva por “Harán”. Este nombre es sinónimo de muerte, de sepultura de sueños, de grandes propósitos que no se llegan a realizar. En este “Harán” el enemigo nos susurra insistentemente que nunca lograremos avanzar más hacia adelante. En “Harán” la razón parece erguirse para reclamar que como quieras que lo veamos, no hay luz en el futuro de nuestra senda. “Harán” parece un soldado armado que le dice al “Abram” que lee este Boletín: “Tanto tus hermanos como tus padres quedaron marcados por mi muerte; tu familia no llegó, tú tampoco podrás”. En definitiva, en “Harán” no hay fe, ni esperanza, y aun el amor no encuentra allí fertilidad. Pero, por favor, no olvidemos, que en Dios, “Harán” no es nuestro destino final.

Por eso, debemos alentarnos con esta verdad: “El Señor cumplirá su propósito en mí” (Sal. 138:8 NVI). En el Nombre de Jesús, el Tentador, por furioso que esté, no nos va a engañar para muerte, con la única condición de que oremos y velemos sin cesar (Ver Mt. 26:41). Entonces en “Canaán”, recibiremos la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman (Stg. 1:12). Hermano (a): Aunque estés en una parada momentánea en “Harán”, y parece que tu familia no puede caminar a tu lado rumbo a la vida eterna, recuerda que si Dios puede levantar hijos a Abraham aun de las piedras (ver Lc. 3:8), también puede, por su Espíritu, convertir un corazón de piedra en una tierna morada Suya. Avanza hoy en fe, y ten por seguro que “tus hijos serán enseñados por el Señor, y se multiplicará la paz de tus hijos” (Isa. 13).
Hombres y mujeres de Dios que han visto su campo de labor estéril, enfermo, casi muerto, sigan adelante. La Palabra dice: “¿No se convertirá de aquí a muy poco tiempo el Líbano en campo fructífero, y el campo fértil será estimado por bosque?” (Isa. 29:17). La llegada de la voz de Dios a Abram, le cambió el nombre, lo bendijo, le dio un heredero, lo hizo padre de una gran nación, y sobre todo, lo hizo caminar triunfador hasta llegar a Canaán, no solo él, sino toda su descendencia. Es tiempo de volver a la Palabra de Dios como nunca antes, pues de seguro, en ella hay una guía incomparable para la ruta que va desde “Ur” a “Harán” y desde allí hasta “Canaán”, que es nuestro destino final.

Amado (a), en Cristo, quien es nuestro Canaán pleno, los sueños se logran, el llamado de Dios se llega a consumar. En él se prosigue hacia la meta (Fil. 3:14). En él se lleva mucho fruto (Jn. 15:8), en él la bendición de Abraham nos alcanza (Gal. 3:14). En él se cambia el lamento de la muerte por el gozo del Señor (Fil. 3:1). Por tanto, afirmemos hoy nuestros corazones en esta verdad: Dios tiene mucho más para nosotros que aun no hemos alcanzado, una fresca unción, un mejor entendimiento de su verdad, un crecimiento integral, porque

¡Nuestro destino final no es Harán, es Canaán!

Con esperanza de llegar juntos al supremo propósito de Dios,

Soy tu servidor,

Pastor, Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion.

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