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UN CUADRO DE HONOR EN LA TERCERA EDAD

UN CUADRO DE HONOR EN LA TERCERA EDAD

Mercedes Estévez.es una viuda de nuestra congregación; tiene unos ochenta y cinco años. Ha tenido una larga trayectoria de fe, imitable. Su cuerpo ha sufrido frecuentes enfermedades, con unas trece operaciones, algunas, de corazón abierto. Pero cada vez que la hemos visitado, de su alma brota una vitalidad espiritual contagiosa. Hace poco, en su casa, nos leyó la Biblia, y oró con fervor por nosotros, y por la iglesia. Es una intercesora perenne, ayuna una vez a la semana, ofrenda y diezma con fidelidad, y cada vez que se siente mejor de salud, pide ser traída al templo para adorar con el pueblo a su Señor.
 
Todo lo que existe en este Universo visible, está sujeto a desgaste. Aun la segunda Ley de la termodinámica, la Ley de la Entropía, lo certifica. Hablando del desgaste del cuerpo, dice el Salmo 102:11: “Mis días son como sombra que se va… ”. Tratando sobre el deterioro de los cielos actuales, exclama: “… todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados” (v. 26).   El apóstol Pablo, admitiendo esta verdad, pero reconociendo el poder vivificante de Dios, dice: “… no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Co. 4:16). ¡Qué paradoja! ¡Desgaste exterior y a la vez, renovación interior diaria!
 
Al interactuar con Mercedes en su tercera edad, nos acordamos de Abraham, quien estando ya casi muerto, a los noventa y nueve años recibió un milagro de vitalidad, que le permitió engendrar a Isaac, y pudo vivir hasta ciento setenta y cinco años, dejando unas huellas de fe, las cuales se nos manda a seguir (Ver Gn. 25:7; Ro. 4:19). Moisés fue llamado al pleno ministerio, cuando tenía ochenta años. De la crónica final de su vida, leemos: “Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Dt. 34:7). Caleb, cuando tenía ochenta y cinco, le dijo a Josué, que la misma fuerza que tenía a los cuarenta, las tenía ahora, y le pidió el Monte de Hebrón para conquistarlo (Ver Jos. 14:6-12). En todos estos, era más evidente el poder renovador de Dios, que el desgaste natural del cuerpo causado por los años.
 
Simeón y Ana, coincidieron en el templo con el Salvador recién nacido. Del primero, el contexto deja entrever que era muy anciano. Pero era justo, piadoso, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él.  Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte, hasta que viese al ungido del Señor. Movido por el Espíritu vino al templo, y allí se encontró con el niño Jesús. De Ana sabemos que ese día, tenía más de cien años, pero era profetiza, y estaba tan renovada que “… no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día, con ayunos y oraciones”. Tanto Simeón como Ana, a pesar de los años, tenían revelación espiritual; discernieron que aquel Niño nacido en Belén, era el Mesías prometido (Ver Lc. 2:22-38). 
 
La vida cristiana normal, es aquella donde de día en día, el nuevo hombre en Cristo, “… conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Ver Col. 3:10-11). Es una paulatina renovación de nuestras mentes, para conocer con plenitud, que Cristo debe ser el todo y en todos Es tan real, que Ro. 12:2 nos ordena: “… transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. 
 
Cristo es “espíritu vivificante” (1 Co. 15:45). La “renovación en el Espíritu Santo… ” (Tit. 3:5), comienza en el instante que aceptamos por fe a Jesucristo, pero es un trabajo glorioso que de día en día y hasta la eternidad, es obrado sobrenaturalmente en nuestro hombre interior. El peregrinar de la fe, no es como el crepúsculo vespertino de cada atardecer; es como la luz de la aurora que va en aumento, hasta que el día es perfecto (Ver Prov. 4:18). Cuando el Salmista había vivido tanto que podía decir, “me acuerdo de estas cosas, de cómo yo fui con la multitud… ”, todavía podía también testificar: “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Sal. 42:1–4). 
 
Amados, debemos chequear diariamente la vitalidad de nuestro “hombre interior”. “El espíritu es el que da vida”. Jesús dijo que las palabras que él había hablado, son espíritu y son vida (Ver Jn. 6:63). Dios necesita en esta tierra a su pueblo, gente de toda edad, como un ejército, batallando contra las asechanzas de Satanás y sembrando la semilla de la fe. Es hora, por tanto, de pedir a Dios: “Renueva nuestros días como al principio” (Lm. 5:21). Si, nuestros días, porque internamente debemos ser renovados de día en día. Si hoy te sientes espiritualmente envejecido, algo anormal te está sucediendo. Pero hay remedio: Si acudes a Cristo, él puede mostrarte el poder de Su resurrección (Ver Fil. 3:10 a). “Los que esperan a Jehová, tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isa. 40:31).
 
Oro que estas promesas sean nuestra experiencia de día en día, porque aun en la tercera edad de los que viven en fe, hay un cuadro de honor al poder vivificante de Jesucristo.
 
Invitándonos mutuamente a asirnos de la Palabra de  vida,
 
Soy vuestro en Jesús,
 
Pst. Eliseo Rodríguez 
Iglesia E. Monte de Sion.
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