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UN REMEDIO DE GRANDES ALTITUDES

UN REMEDIO DE GRANDES ALTITUDES

En Proverbios 17:22 encontramos uno de los más efectivos remedios que Dios nos haya dejado. Digo, “remedio”, porque de eso estamos necesitados mientras transitamos por este mundo de tantas tribulaciones. En Cristo siempre hay remedio. Esa es una de las grandezas de nuestra fe. La Biblia dice: “No para siempre será olvidado el menesteroso” (Sal. 9:18), además: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí” (Sal. 40:17).

Pongamos esto en perspectiva. En el Salmo 126 se nos describe la esperanza de un pueblo que está en cautividad. Respecto a la alegría que se producirá en esa gente cuando sea libre, el Salmista dice: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion… entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza”. Otra vez mencionando el fin de la oscuridad, el pueblo que ha de ser libre, anuncia: “Estaremos alegres”. Casi al final se establece: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán”. Y el Salmo cierra en este tono: “Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas”.

Es bueno y justo el propósito aquí plasmado, a saber: una vez que la tormenta haya terminado, nos gozaremos, después de ser libre, estaremos alegres. Pero lo que estamos tratando hoy no es la actitud que hemos de tener cuando la prueba haya finalizado, sino por el contrario, un remedio que necesitamos aplicar cuando aun la prueba no haya pasado. Miremos lo que dice el versículo que nos ocupa: “El corazón alegre, constituye buen remedio”. El remedio hace falta cuando todavía se está dolido por los reveses que a todos se nos presentan en este mundo. Ese “día malo” es inevitable (Ver Ef. 6:13). Es para cuando ese día llegue, que se necesita un remedio.

Ahora, curiosamente, la Sagrada Escritura en esta sabia declaración, no está diciendo que este remedio es una solución para hacer desaparecer la prueba, el ataque del Maligno o la tormenta. Porque lo neurálgico de la aflicción no es el grado de ataque a que estamos expuestos, o la magnitud del vendaval en sí. Lo peligroso de los embates, en verdad es qué efecto destructor pudieran causar dentro de nosotros mismos. En el caso del cristiano, el Enemigo estira su arco directamente a desalentar, echar por tierra nuestros buenos propósitos, hacer morir nuestros sueños, convencernos de que hemos nacido solo para beber lágrimas. Ante tal ardid, Dios habla elocuente y sabiamente al decirnos: “El corazón alegre, constituye buen remedio”. La declaración sagrada nos da el reto de decidir alegrarnos en el mismo núcleo más oscuro de la tormenta, y asegura, que es un remedio bueno.

Lograr poner en práctica este modelo sagrado de vida, nos colocaría en las gradas donde se sienta la gente que en verdad ha madurado en su fe. Si, se es maduro en el Evangelio, si como Habacuc decidimos: “Aunque la higuera no florezca… con todo yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:17-18). Quien se puede alegrar mientras sufre, lo hace porque tiene toda su confianza puesta que en verdad, Dios cuida de él. Pero además, quien propone alegrar su corazón aun rodeado de tanta contradicción, está añadiendo un remedio o antídoto a las lacerantes consecuencias internas del dolor. A algunos, la aflicción los ha amargado, y la amargura puede echar raíces contaminantes en el cuerpo de Cristo (Ver He. 12:15). A otros, la persecución les ha quitado hasta el deseo o la esperanza de seguir viviendo (Ver 1 R. 19:4; 2 Co. 1:8). Pero nuestro Señor, sabiendo cuán importante es que estemos sanos interiormente, nos dice que nos será de buen remedio mantener el corazón alegre aun mientras atravesamos por aquellas batallas que no podemos entender o explicar. Se sabe aun, que una actitud alegre del corazón, puede influir positivamente hasta en la salud de nuestro cuerpo. En todo nuestro universo individual, el corazón alegre constituye buen remedio.

Es aquí donde tantos se preguntan: ¿Cómo puedo yo alegrarme mientras las circunstancias son propicias para llorar? Amigo (a), hermano (a), es que no hemos estado hablando de una alegría producida por una actitud ilusa o fantasiosa. La Biblia deja ver que cuando vamos a la presencia de Dios, allí no solo abunda el gozo, sino que allí hay plenitud de gozo (Ver Sal. 16:11). El secreto es: Lograr que por dura que sea la prueba, ella no me logre desenfocar de mi Dios, de su rostro, de su comunión íntima. Porque si me puedo mantener sentado en esos lugares celestiales con Cristo, no mermará ni se me agotará la alegría del Señor. Por eso es que este es un remedio de grandes altitudes, porque no viene de la tierra sino del cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.

Queridos en el Señor, estamos llamados a cantar como Pablo y Silas, aunque lo tengamos que hacer mientras todavía no sepamos cuando podrán ser curadas nuestras heridas (Ver Hch. 16:25). Si aun sangrantes por el dolor producido desde afuera, nuestro corazón puede alegrarse por el gozo de la fe, de seguro que estaremos sanos de rencores, depresiones y desalientos, y será entonces manifiesto que la alegría que viene del cielo, es un remedio de grandes altitudes.

¡Gocémonos en la esperanza, aunque tengamos que ser sufridos en la tribulación!

Convencido de que esta fórmula celestial funciona,

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion.

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