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UNA CITA CON LA VIDA

UNA CITA CON LA VIDA

Todo el mundo quiere una cita con la vida, porque la que es con la muerte pareciera estar asegurada. Pero, aunque todos aman el fruto que resulta de esa cita con la vida, no todos saben hacia donde deben ir para corresponder a la invitación. Hoy me propongo brindarles la dirección a donde nos podemos dirigir, y entregarles algunos datos sobre el dispensador de ese bien eterno. En diferentes épocas Dios ha hecho al hombre llamados tan diversos como promisorios. A Simón y a Andrés su hermano, Cristo los llamó con esta promesa: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres (Mt 4:18,19). Pero uno de los llamados más prometedores de Dios es este: Buscadme y viviréis (Am 5:4). En esta fórmula divina, lo segundo depende de lo primero, y nadie ha podido, con éxito, cambiar el orden en que este llamado con promesa aparece en las Escrituras.

El texto parece ser aplicable a todo hijo de Dios, desde el recién convertido hasta el que durante décadas ha militado en la fe. Su llamado y su promesa es también para todo ministro de cualquier rango y posición eclesial. Todos necesitamos vida, todos requerimos encontrar la fuente de ella y, al hallarla, nos conviene abrevar nuestras almas del torrente vivificante que se brinda.

También el texto nos hace recordar que el único dispensador de la vida es Dios. Fue él quien sopló, y la vida entró al cuerpo inerte de Adán (Gn 2:7). El cuerpo sin espíritu está muerto (Stg 2:26), y porque la vida que Dios dio al hombre, fue afectada por el pecado original, necesitamos reconectarnos con nuestro Creador para restaurar la comunión con él. El primer Adán murió por su pecado y, por él, todos nacemos espiritualmente muertos y destituidos de la gloria de Dios (Ro 3:23). Pero el postrer Adán, Cristo, es espíritu vivificante (1 Co 15:45). Sus palabras son espíritu y son vida (Jn 6:63). El que cree en él, aunque esté muerto vivirá (Jn 11:25). Él es el autor de la vida (Hch 3:15), Él dijo: Yo soy el que vivo y estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén, y tengo las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1:18).

El versículo que estamos estudiando sirve también para diagnosticar. El mismo llamado revela el estado espiritualmente moribundo en que se encontraban los receptores de aquella invitación. En esta dimensión, cuán enfermos, equivale a cuán lejos estamos del Sanador. Cuán fríos, corresponde a lo distanciados que podríamos estar de la comunión con Dios. Cuán caídos, denuncia cuán poco tiempo nos quedamos en la Roca que es más alta que nosotros (Sal 61:2). Cuán heridos, muestra cuán poco aplicamos el bálsamo de Galaad (Jer 8:22). Cuánta soledad, es la señal de cuán poco frecuentamos la casa del Padre.

El versículo también plantea el remedio ante una amenaza de muerte. Si se busca, no importa en qué nivel de gravedad se esté, es posible encontrar absoluto y perdurable remedio de vida. Cuando el Señor advirtió a Israel del cautiverio en caso de dejar al Dios verdadero, les dio esta palabra de esperanza: Mas, si desde allí buscares a Jehová tu Dios le hallarás, si le buscares de todo tu corazón y de toda tu alma (Dt 4:29). Ahora, Dios no quiere la muerte del impío, sino que se vuelva de su camino y que viva (Ez 33:11). Dios se hace accesible a sí mismo, cuando invita al hombre moribundo a buscarlo. Él dijo: Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscareis de todo vuestro corazón, y seré hallado por vosotros (Jer 29:13,14). La obra de Cristo en la cruz nos permite acceder confiadamente al trono de la gracia, y por la sangre del Cordero, el Espíritu Santo nos provee la comunión con el Padre y con el Hijo (He 4:16; 2 Co 13:14). Buscar a Dios nunca debe tener un objetivo menor que el estar con él. Necesitamos la intimidad de su presencia. El Lugar Santísimo es el sitio más íntimo del Tabernáculo de Dios, y éste ya no está reservado sólo para el sumo sacerdote; está abierto para cada creyente que quiere una cita con la vida.

Ahora, las citas con Dios no son como las de los hombres, que tienen carácter temporal. Cuando Dios nos invita a buscarlo, es porque quiere que nos quedemos con él. Por eso la Escritura requiere: No te apresures a irte de su presencia (Ec 8:3). Cuando el rey David mandó a buscar a Mefi-boset, este último pensaba que lo llamaba para una cita con la muerte, porque él era el último descendiente vivo de la casa de Saúl. Pero David le tenía una cita con la vida. Por tanto, le dijo: comerás siempre a mi mesa (2 S 9:7). El sentarse de aquel hombre cojo a la mesa del rey no era un mero comer a la mesa, era venir a ser parte de la corte íntima del rey. El mantel de la mesa del rey cubriría el defecto que tenía desde niño en sus pies. Cuando Dios nos invita a buscarlo, nos provee intimidad espiritual con él, y su gracia cubre nuestros defectos para que podamos permanecer allí donde los hijos comen el pan de la vida. Para encontrarnos con Dios ya no tenemos que hacerlo palpando, como lo dijo Pablo a los Atenienses inmersos en las tinieblas de la idolatría (Hch 17:27). La luz del mundo, Cristo, nos ha iluminado para que lo veamos a él como el camino a Dios (Ver Jn 8:12). Se trata de Dios, quien no está lejos de cada uno de nosotros.

Finalmente, estas lecciones prácticas para la fe:

a) Nunca cambies comunión por servicio. El servicio debe ser el fruto de la intimidad con Dios. Esa fue la gran lección dada en la aldea de Betania: Marta servía con afán y turbación; María priorizaba estar en comunión. Cristo enseñó que esto último era lo único necesario (Lc 10:38-42).
b) Nunca estés demasiado ocupado, a tal modo que dejes desocupado el cuarto de la oración.
c) Nunca toques tantas puertas en la tierra, hasta que hayas tocado las puertas del cielo desde tu puerta cerrada en el aposento entre tú y Dios (Ver Mt 6:6).
d) Trata de verte siempre como un paciente, mientras estás ocupado en sanar a otros de sus enfermedades. Todos necesitamos de lo mismo que administramos a los demás (Comp. Mt 5:3).

Amados, velemos porque nuestro servicio al Señor no sea un sustituto de la necesidad de estar en comunión con el Maestro. Porque Cristo nos sigue llamando a

Una cita con la vida

Con vosotros en la mesa,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.

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