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UNA LLAMADA DE LARGA DISTANCIA

UNA LLAMADA DE LARGA DISTANCIA

Esta noche 23 de febrero del 2017, recibí una llamada de larga distancia. En el otro lado de la línea, la voz entrecortada de mi querido padre, Manolín, para darme la noticia que una de sus hermanas, nuestra muy querida tía Elina Rodríguez, había terminado su carrera terrenal. ¡Qué noticia, qué llamada de larga distancia! Si tuviera que hacer una lista justa sobre cómo la recordamos, este pequeño espacio no me serviría para eso. Por tanto, sólo quiero mencionar algunos de los muchos valores cristianos que ella portó hasta el final de su peregrinación, y que como lo dice Dios de Abel, también podemos decir de esa querida tía: muerta, aun habla por esos valores de fe (Ver He 11:4). Pero no lo hago para homenajearla, porque ella salió de viaje, y como dijo David del niño que había muerto (2 S 12:23), nosotros vamos a ella, mas ella no volverá a nosotros. Escribo estas palabras para exaltar la gloria que alcanza el Evangelio, cuando éste tiene representantes tan dignos sobre la tierra. Les invito a poner la Biblia en paralelo con quienes la creen, la aman y la viven hasta el final, como Elina.
A ella la recordamos como una de esas mujeres fieles, que fue sabia en forma sobresaliente, pero no por un alto grado de escolaridad que hubiese acaso alcanzado, sino porque temió a Dios, y la Biblia dice que el principio de la sabiduría es el temor de Dios(Sal 111:10). Ella recibió bien temprano en su vida la noticia de que en ningún otro hay salvación, sino solamente en Jesucristo (Ver Hch 4:12), y abrazó esa verdad, hasta obtener el premio eterno por ello. Ella encarnó elegantemente la demanda divina de no amar de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Jn 3:18). Ella, como hizo la mujer de Sarepta con Elías (1 R 17:10-15), fue escogida por Dios para servir de sustento a quienes hoy somos voceros de la Palabra en diferentes partes del mundo. Es que algunos de mis hermanos y yo mismo, que hoy servimos a Dios en el santo ministerio, vivimos todo un curso escolar en su casa. Estábamos con ella a causa de que nuestros padres habían dicho al Señor como Isaías, heme aquí, envíame a mí (Isa 6:8), y en obediencia a la voluntad divina, servían a Dios entonces como pastores en lugares donde no había Escuelas para ciertos grados secundarios. Y la casa de ella y de mi tío Herodes, su esposo, fue a tal manera de confianza en cuanto a la fe y a la moral, que nuestros padres confiaron a ella por un tiempo nuestro lugar de estadía para superarnos. Con ella tuvimos seguro nuestro sustento físico y espiritual todo el período que parábamos en su casa.
Mi tía Elina era inflexible en cuanto a no permitirnos ir a la cama sin orar, o levantarnos y salir sin leer la Biblia, o dormirnos en el culto. En su propia casa, y sólo cuando yo tenía 11 años, tuve la continua experiencia que relató David en el Salmo 5, de buscar a Dios bien de mañana todos los días, porque con ella no había opción para que fuera diferente. Recuerdo perfectamente su himnario dedicado al culto, tanto el culto que se hacía en el hogar, como el de la iglesia, porque ella había aprendido que una de las maneras de ser llenos del Espíritu, es hablando entre nosotros con Salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en nuestros corazones (Ef 5:19). Mi tía era garante de la pureza y de la higiene. Pareciera como si aplicara tanto a la vida espiritual como a la higiene física, aquel texto de la Palabra que dice: En todo tiempo sean blancos tus vestidos y nunca falte ungüento sobre tu cabeza (Ec 9:8). Bajo su cuidado, nosotros debíamos andar con limpio corazón y con ropa limpia, aunque el vestuario no fuera nuevo, y debíamos estar peinados casi perfectamente. Ella también fue fuerte en la disciplina. Si como niños al fin, transgredíamos cualquier parámetro establecido bajo su tutela, no podríamos pretender que ello pasara por alto. Aunque sea nos decía que, si lo repetíamos, se lo iba a decir a nuestro padre, Manolín, cuando él viniera. Pero lo hacía con amor. Ella había aprendido de la misma Biblia, la cual leía en voz alta diariamente, que la disciplina es un fruto del amor para con aquellos a quienes se recibe por hijos, y que negar su uso, es rebajar al nivel de bastardos a aquellos a quienes se cría (Ver He 12:7, 8). Mi tía tenía también la sabia costumbre de ir asiduamente a la casa de Dios, y no se permitía a sí misma, estar en su casa cuando los hermanos de la fe estaban reunidos en el templo. Ella cantó muchas veces aquel Himno inspirado que se debe entonar con una sonrisa: Yo me alegré con los que me decían a la casa de Jehová iremos (Sal 122:1)
Y ahora descubro que apenas he comenzado, y que tengo aun tanto para decir de ella, sobre cómo el Evangelio la formó y cómo logró llevar a la práctica su fe, pero me sucede aquí lo que dice el escritor de Hebreos, el tiempo me faltaría… (He 11:32). Hace unos tres meses la visité en su propia casa en Camagüey. Era la última vez que la vería vestida de un cuerpo corruptible, y en una hora que nos pasamos con ella, todo el tiempo, absolutamente todo, fue hablándome a mí, a mi hermano Ezequías y a dos hermanas misioneras que nos acompañaban, de la esperanza del cielo y de lo terrible que resultaría para muchos, partir de este mundo e ir al castigo eterno. Nos testificó de su esfuerzo evangelístico aun con el personal médico que la atendía a veces, para hablarle de Cristo. ¡Qué tía más cristiana fue esa hermana de mi papá, mi tía Elina!
Yo recibí esta noche una llamada de larga distancia, era la voz de mi padre que me avisaba con el dolor natural de una separación momentánea, que mi tía había terminado su carrera terrenal. Entonces, me di cuenta que realmente ella fue la que recibió la mejor llamada de larga distancia. Desde el paraíso de Dios, donde están los espíritus de los justos hechos perfectos (He 12:23), su Señor la llamó para que, aunque esté ahora ausente del cuerpo, ella pueda estar presente al Señor (2 Co 5:8). Nuestra esperanza acerca del cielo no es una ilusión como decían en su crítica los filósofos griegos; por el contrario, es una realidad contundente que los que la conocen, desean como Pablo ser ya revestidos de aquella su habitación celestial (2 Co 5:2). Pablo consideraba su morada en el cielo como una realidad tan palpable, que manifestó su deseo de partir y estar con Cristo, lo cual, dijo, es muchísimo mejor (Fil 1:23). Para ir a heredar ese estado mejor de glorias eternas, es que mi tía Elina recibió su llamada de larga distancia. Esta noche, ella viajó a una patria encumbrada, pero es una distancia que se traspasa en segundos. Juan, en Apocalipsis 4:1, 2 da a entender que allí se llega al instante. Como lo enseñó Jesús, ella también fue llevada en custodia de ángeles al seno de su hogar celestial (Lc 16:22).
Al cerrar este esbozo que amalgama la vida de mi tía con los requerimientos divinos para terminar bien el peregrinaje de la fe, viene a mi mente aquel versículo de la Palabra: Bienaventurados de aquí en adelantelos muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen (Ap 14:13)
 
No se tarda el día en que millones de salvados de todas las edades y de todas las geografías, oiremos la más bella llamada de larga distancia, y entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras (1 Ts 4:16-18).
 
Con la tristeza de un hasta luego a mi querida tía, y con el gozo de vernos con ella y con millares de santos en aquel país donde jamás se dice adiós, 
 
Un coheredero de los redimidos, que pretende llegar un día al mismo destino feliz,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
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