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UNA SEMILLA SIN IGUAL

UNA SEMILLA SIN IGUAL

Jesús es el Maestro por excelencia, es Maestro de maestros. Por eso, de las veces que la gente se dirigió a Él, el 75 % fue llamado por los títulos de Maestro, Rabí o sus derivados. Nadie en la historia ha podido igualarlo. Uno de los métodos que usó al enseñar fue el de las parábolas. El relatar una historia y aplicarla tan efectivamente a sus oyentes fue un rasgo sobresaliente en el magisterio de Jesús. Sin duda, una de sus parábolas más conocidas fue la del Sembrador (Lc 8:5-15). En ella describe la abnegación del agricultor que salió a sembrar su semilla, la cual cayó en cuatro distintos tipos de terrenos. Tres cuartas partes de la siembra se perdió, y un cuarto llegó a ser productiva. Cuando fue preguntado sobre el significado de aquella ilustración, Jesús se presentó a sí mismo como el Sembrador. Luego describió la semilla y dijo de ella: la semilla es la Palabra de Dios (Lc 8:11). Por tanto, hoy quiero reflexionar sobre algunos aspectos de esta descripción figurada que Cristo hizo en relación a la Palabra. Veamos:

Primero, la siembra de la buena semilla requiere la diligencia del agricultor. Sabemos que Jesús, el bendito Sembrador dedicó su ministerio a ir por aldeas y ciudades llevando la Palabra y sembrándola sin parcialidad. Él fue la encarnación perfecta de aquel requerimiento antiguo testamentario: Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano (Ec 11:6). La Biblia dice que, al comenzar su ministerio, … recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mt 4:23). No solamente lo hizo, sino enseñó a sus discípulos a hacerlo y los envió al mundo a sembrar la Palabra del evangelio (Mt 10:5-7; Mt 28:18-20; Lc 10:1-9). El libro de Los Hechos muestra a los líderes cristianos y a la iglesia toda envuelta en un evangelismo callejero, fuera de las paredes de sus santuarios, con tal de llevar la Semilla a los necesitados de Vida eterna. Tal fue el testimonio de Lucas sobre los creyentes perseguidos: … los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando el evangelio (Hch 8:4). Debemos imitar al Maestro e irnos con Jesús a buscar lo que se había perdido (Mt 18:11). 

Segundo, siempre nos debe asombrar el milagro que contiene una semilla. Ella es un reflejo innegable del poder vivificante de Dios. Cuando creó el mundo, Dios mandó a la tierra que produjera hierba verde que diera semilla, árbol de fruto que diera fruto según su género, que su semilla estuviese en él sobre la tierra, y fue así (Gn 1:11). Como Dios es Vida, cuando él habla, su Palabra tiene poder vivificante. A pesar que vivimos en la era de los mas grandes descubrimientos científicos, el hombre no ha logrado crear vida a partir de la nada.  Pertenece a Dios exclusivamente la gloria de poder crear a partir de sí mismo todas las cosas. La Biblia describe así el poder creador de la Palabra: Por la fe entendemos haber sido constituido el Universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía (He 11:3). Si una semilla natural tiene vida de parte de su Creador, entonces, ¡cuánta vida divina habrá, hasta en una pequeña fracción de la Palabra. Charles Spurgeon, el gran predicador inglés dijo que el mejor mensaje que predicó en su vida fue una noche en el Tabernáculo de Londres en que abrió la Epístola de los Efesios y se la leyó completa a sus oyentes. Si esto hiciéramos hoy los ministros del evangelio, estuviésemos dispensando Vida verdadera a los que nos oyen. 

En tercer lugar, en la Parábola del Sembrador, Jesús hace notar que la vida dada por Dios a la semilla no se manifiesta cuando la semilla está aún en el alfolí. El diseño divino contiene un orden necesario para que la vida que está en la semilla fructifique. La semilla necesita ser depositada en la tierra. Es que Dios ha dado a la tierra el poder de prestar su abono natural a la semilla para hacerla nacer, reverdecer y fructificar. En otras palabras, la semilla no está creada para ser guardada, sino para ser sembrada. De igual manera, el mensaje redentor de Jesucristo no está dado al creyente solo para su provecho, sino para colocarlo en los preciosos corazones que Dios haya preparado de antemano. Tal fue la preparación de corazón que Dios hizo en Lidia, mientras Pablo sembraba la Palabra en Filipos (Hch 16:14). Nunca sabremos absolutamente quienes están listos para recibir la semilla de vida, por tanto, debemos seguir las reglas del Maestro al sembrar: predicad el evangelio a toda criatura (Mr 16:15). Es nuestra responsabilidad plantar, otro vendrá y regará, pero el crecimiento lo da Dios (1 Co 3:6).

Precisamente, a este punto de crecimiento, dedicamos esta última parte de nuestro Eco Pastoral hoy. La botánica enseñada por Jesús en la Parábola del sembrador deja claro que, al caer la semilla en la buena tierra, nació y llevó fruto a ciento por uno (Lc 8:8). Si es milagro que una semilla natural tenga vida dentro, es aun más maravilloso que esa semilla pueda crecer y fructificar, aunque el mismo sembrador no se percate diariamente del proceso. Con ello Jesús hacía referencia a aquellos que reciben la Palabra que les fue sembrada y con corazón bueno y recto retienen la Palabra oída y dan fruto con perseverancia (v. 15). A ellos se refirió también Pablo al decir que la Palabra del evangelio llega a los creyentes y lleva fruto y crece dentro de ellos (Col 1:5,6). Cada predicador, evangelista, pastor y maestro cristiano debe recobrar ánimo al recordar que no es su responsabilidad hacer crecer el evangelio en los corazones de sus oyentes. La propia Palabra tiene la prerrogativa de impartir su vida y fructificar dentro de los que la reciben. Por tanto, además de descansar en el poder de la Palabra, el obrero cristiano debe ser cuidadoso en entregar esa Palabra de forma íntegra a los que la oyen. Sabemos que siempre que la Palabra corra, ella será glorificada (2 Ts 3:1). 

Amados, no podemos asumir actividades que corresponden al autor de la Vida. Su labor está garantizada respecto a la semilla del evangelio. Dios ha colocado su vida en la Palabra. Ello es una garantía irreversible, la cual debemos conocer y por la cual debemos alabarle. Pero Dios no asumirá el rol que nos ha dado a cumplir. Él eximió a los ángeles del privilegio que tenemos los redimidos en cuanto a compartir la Palabra de Vida eterna. Es a nosotros que nos ha encargado la Palabra de la reconciliación (2 Co 5:19). Todavía debemos atender el eco de aquellas palabras del Señor: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros? (Isa 6:8). La semilla de la Palabra necesita muchos sembradores que vayan al gran terreno de este mundo y esparzan el mensaje inmortal de Jesucristo. De seguro que, al compartir la vida del mensaje cristiano, la Palabra entregada crecerá y llevará fruto en la salvación de muchos. 

Permita el Señor que podamos decir con el profeta: Heme aquí, envíame a mí (Isa 6:8 b).

Con ansias de ver una gran cosecha,

Vuestro colaborador en Cristo,

Pst. Eliseo Rodríguez

www.iglesiamontedesion.org

www.christianzionuniversity.org

www.quedicelabiblia.tv

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