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VALLE DE ACOR

VALLE DE ACOR

Mientras se llevaba a cabo la conquista de la tierra prometida, bajo el liderazgo de Josué, el pecado turbó a Israel. Dios se airó y entregó a su pueblo en manos del enemigo. Mas un hombre llamado Acán, había sido el culpable de aquella turbación. Por consejo divino, él fue turbado a manos de todo el pueblo, y castigado con la pena de muerte. El lugar de su ejecución  tomó el nombre de la turbación, Valle de Acor. Entonces, la ira de Dios se aplacó y el pueblo conquistador, ya redimido, fue adelante (Ver Jos. 7 y 8). 
 
En cuanto al sentimiento y efecto que produce el pecado imputado, aquítenemos, primero, un real paralelismo con lo que sucedió en el Monte Calvario. Nuestro Señor Jesucristo, en Jn. 12:27 habló de su propia turbación a causa de tomar sobre sí nuestro pecado: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora”. Israel fue hallado culpable en la mención anterior, y un solo hombre, al ser castigado, quitó la carga de culpabilidad de sobre todo el pueblo. De nuestro Señor, dijo Isaías: “… Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isa. 53:6). Debido a la caída original, “… la Escritura lo encerró todo bajo pecado” (Gl. 3:22), “… por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). El pecado no solamente es una carga, sino que hace turbar al pecador, y los que están bajo su influencia, muchas veces cosechan las consecuencias. Así “turbado en gran manera” estuvo el desechado rey Saúl cuando recibió el mensaje mortal de la adivina de Endor (Ver 1 S. 28:21). Él y su familia recibieron las consecuencias (1 S. 31:1-5). En un contexto paralelo, le dijo el profeta Elías a Acab: “Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová y siguiendo a los Baales” (1 R. 18:18). La cruz de Cristo no fue una pantomima montada, cual simple obra de arte; Jesús fue castigado en nuestro lugar, al tomar sobre sí la culpa de nuestro original desvarío  (Ver Isa. 53:5). Fue tan real esa turbación recibida en su humanidad, que la Palabra menciona “… la aflicción de su alma” (Isa. 53:11). Así exclamó el Redentor pendiente de su cruel instrumento de muerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). 
 
Pero, entre el Valle de Acor, o valle de turbación, y el lugar donde murió el Cordero de Dios, hay fundamentalmente, un contraste sustancial. Donde se establece es en que, aunque Acán murió y la ira se aplacó para con todo el pueblo, en verdad Acán era culpable de codicia y robo del anatema en Jericó. Pero de la muerte expiatoria de nuestro Señor, se dice: “… el justo por los injustos para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18).  Es que “… al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). El que sufrió la cruz es conocido aun por los demonios como “… el Santo de Dios” (Mr. 1:24). Esto eleva el sacrificio substituidor de la cruz por encima de todo acto donde uno murió por otro, debido a la pureza irreversible del Cordero expiatorio. “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:7-8). Él fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación (Ro. 4:25). 
Una lección muy importante para el liderazgo cristiano, se desprende de estas verdades. Los líderes, a todo nivel, son figuras representativas. Según sea su carácter, así llega a ser el pueblo al que ministran. Cristo enseñó que la medida de un discípulo, es su Maestro, y la de un siervo, su Señor (Ver Mt. 10:25). Este es el sentido que tiene la exigencia paulina para los ministros de la fe: “… es necesario que el obispo sea irreprensible… ” (1 Ti. 3:2). Es una necesidad. Esta es también la razón por la que el consejo del perito a los ministros en Mileto tuvo este tono: “… mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor… ” (Hch. 20:28). Primero debemos velar por nosotros mismos, y luego por todo el rebaño, pues desde el liderazgo, se hace influencia sobre el pueblo en general. Entonces, desde ese estrado de honor, debemos orar con Jesús por los discípulos: “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” (Jn. 17:17).
 
¡Que los sucesos del valle de Acor nos lleven a temer a Dios, con una actitud obediente a su Palabra! Pero es precisamente lo sucedido en el Calvario lo que nos lleva a un estilo de vida de pureza, pues allí se vertió la Sangre preciosa de Jesucristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación, la misma que nos limpia de todo pecado (Ver 1 P. 1:19; 1 Jn. 1:7). Desde allí brota la inspiración para este himno de victoria: “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:22). Porque él dio su vida en nuestro lugar, todo aquel que vive y cree en él “… no morirá eternamente” (Jn. 11:26).
 
Como un deudor a ese Salvador,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion. 
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