skip to Main Content
VAYAMOS CON JESUS AL POZO

VAYAMOS CON JESUS AL POZO

Tenemos a un Salvador divino, que tiene el poder de resolver nuestros problemas, pero además, en su plena humanidad, tiene compasión de nuestras debilidades. El Maestro está sentado junto al pozo; llegó cansado del camino. “Le era necesario pasar por Samaria” (Jn. 4:4). Al venir desde la provincia Sur, Judea, hasta la norte, Galilea, debía atravesar Samaria. Pero también era que en la agenda divina estaba una parada de importancia junto a un pozo muy conocido.

Allí Jesús coincide con alguien muy distinto a él. Él era hombre, ella mujer. Él era judío, ella samaritana. Ella era religiosa, él era el Hijo de Dios. Ella no lo conocía, pero él sabía todo de ella. Ella estaba perdida, él era el Salvador.

El pozo de Jacob

Al principio del diálogo, la mujer menciona a Jacob, colocándolo en una posición mucho más alta que Jesús. Para ella, Jacob era grande dentro de otras cosas porque él les había dado aquel pozo: “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo… ” (4:12), conocido como “ …de Jacob” (v. 6). El alto concepto que tenía sobre aquel cavador del pozo, era justo, porque era ardua la labor de abrirlo, y además, el pozo era hondo (v. 11). Seguramente Jacob demoró mucho tiempo en terminarlo, pero había perdurado por generaciones.

La iglesia y su semejanza a un pozo de aguas vivas

La iglesia del Señor debe ser como un pozo de aguas vivas, donde se pueda brindar gratuitamente el agua de vida. Así como Jesús estaba en el pozo, él está en la iglesia para cumplir los mismos oficios que ministró aquel día.

Pero el ver brotar el agua del Espíritu, no ocurre fortuitamente. Para ello hay que cavar en oración, ayuno, ruegos, súplicas. Cuarenta días de ayuno estuvo Cristo en el desierto, antes de comenzar su ministerio público, donde pudo decir: “El Espíritu del Señor está sobre mi” (Mt. 4:2; Lc. 4:18). Diez días estuvieron los discípulos en oración y ruego, antes de recibir aquel fluir del Espíritu en Pentecostés (Lc. 24:49; Hch. 2:1). En oración y ayuno de tres días estaba Saulo en Damasco, antes de recibir la vista y ser lleno del Espíritu Santo (Hch. 9:9-19). En ayuno hasta las tres de la tarde estaba Cornelio antes que un ángel le diera indicaciones precisas sobre recibir la predicación del Evangelio (Hch. 10:3, 30-33). En oración estaba Pedro un medio día antes de recibir la encomienda de ministrar el evangelio a los gentiles (Hch. 10:9-10). En el Espíritu estaba Juan en Patmos, antes de recibir la revelación de Jesucristo (Ap. 1:10). Mientras más hondo se cava el pozo a través de la búsqueda de Dios, más fluirá el manantial de aguas vivas. A diferencia de los edificios, los pozos se construyen hacia abajo. Algunos terrenos son tan difíciles, que hay que cavarlos con más dolor. Si no brotara el agua del Espíritu, la iglesia tiende a expresarse como una mera organización religiosa.
Mas, un pastor, no puede cavar solo. Se necesitan ayudadores. Cada servicio público de oración es un tramo más que se avanza hacia los manantiales. Todo avivamiento ha estado ligado a una sed por aguas vivas, y a un cavar de intercesores decididos a prevalecer hasta que el agua brote. Así pasó en Gales, en Indonesia, en Azuza, California, entre otros. La iglesia no debe estar compuesta solamente por beneficiarios, sino por quienes estén dispuestos a cavar hasta que haya salvación, y llenura del Espíritu. Entre la superficie y esos benditos mantos acuíferos, hay que perforar el duro materialismo, el empedernido conformismo, la piedra de la religiosidad sin Cristo. Pero si perseverantemente cavamos, los manantiales brotarán por generaciones.

La Samaritana vino al pozo a sacar un tipo de agua física, y se fue del pozo bebiendo el agua del Espíritu adjunta a la salvación.

He aquí algunas consideraciones sobre el agua que Cristo ofrece:

1. Hay que tener la sed. Se puede ser un cristiano nominal, teniendo una actitud indiferente a la necesidad de la llenura del Espíritu. El Salmista dijo: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal. 42:2). Esa sed es un tipo de inconformidad por querer más de Dios. Jesús dijo concerniente a quienes podían beber: “Si alguno tiene sed… ” (Jn. 7:37 a).

2. Hay que identificar al dador del agua. Cristo dijo a la mujer: “el agua que yo le daré… ” (4:14). Luego dijo del sediento: “… venga a mi y beba” (7:37 b).

3. Hay que pedirla. “Si conocieras el don de Dios… tú le pedirías” (4:10). La mujer finalmente la pidió: “Dame de esa agua para que no tenga yo sed… ” (v. 15). Un joven que había sido esclavo en la selva del África Occidental, llamado Kabú (Samuel Morris), atravesó el Atlántico hasta Nueva York, solo para pedir a Esteban Merrit que le hablara sobre el Espíritu Santo.

4. Es agua viva (v. 10). Se sabe que la persona ha bebido de esa agua, porque ha recibido vida que la manifiesta en lo que es y hace para Dios. El pozo de la iglesia de Sardis se había secado por tanta indiferencia. Estaban espiritualmente deshidratados. Este fue, entonces, el reproche de Jesús: “Tienes nombre de que vives y estás muerto” (Ap. 3:1).

5. El agua será en el que la recibe, una fuente que salte para vida eterna (v. 14). No hay que subir al cielo a abrir el manantial, porque Cristo pone su Espíritu a brotar desde dentro de nosotros mismos. Por eso se nos dice: “Sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18).

6. Es agua que quita la sed para siempre. “El que bebe del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (v. 14). No significa que no tendríamos más necesidad del Espíritu, sino mas bien, que podremos beber de él continuamente.

7. Es agua que fluye cuando adoramos. Solamente desde los vv. 20 – 24 se menciona once veces la adoración y los adoradores, relacionado con el beber del agua del Espíritu. La adoración hace mover al Espíritu. Es porque parte de la función del Espíritu es glorificar a Cristo (Ver Jn. 16:14). Por tanto, cuando se exalta a Jesucristo, el Espíritu fluye con toda libertad. ¡Que saciedad se experimenta cuando estamos adorando al Señor!

8. El que bebe de esta agua, quiere que otros la beban también. Así lo hizo la Samaritana. Cuando ella bebió, fue a la ciudad e invitó a todos a venir al “pozo”. Al llegar, bebieron en tanta abundancia, que decían a la mujer: “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (v. 42).

Amados, vayamos con Jesús al pozo, no dejemos de cavar hacia las profundidades. Inspiremos a muchos a dejar la superficialidad, y ellos disfrutarán también el ver a Cristo como el dador del agua que salta para vida eterna.

Vuestro en él,

Pst. Eliseo Rodríguez
Miami, Fl. Usa.

Back To Top