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VEN Y VE

VEN Y VE

En el Evangelio de Juan, es sobresaliente el hecho de que diversos tipos de ciegos pueden llegar a ver. Hay un llamado que resalta: “Ven y ve”. No es una mera invitación a ciegos físicos. Es algo así como decirle a otro: ¡Ven y conoce por ti mismo lo que nunca te había sido revelado!

Miremos:

En el capítulo 9, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. El Señor “… escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé… Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo” (vv. 6, 7). Luego lo encontró Jesús, y operó en él otro milagro, el de abrirle sus ojos espirituales, para que le conociera. Cuando el Maestro le pregunta: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?,  él mismo hace claro que no podía creer en aquel que no había conocido. Por tanto, inquirió:  “¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es”. Ante esa revelación que Cristo hizo de sí mismo, sus ojos espirituales fueron abiertos a tal manera, que exclamó: “Creo, Señor; y le adoró” (vv. 35-37). Ahora tenía abiertos sus ojos físicos, y también los espirituales.

¡Cuántos que físicamente ven, no ven espiritualmente! Saulo de Tarso, cuando veía, perseguía ciegamente el camino de Cristo. Pero cuando quedó ciego físicamente por tres días, era precisamente porque ya Jesús le había sido revelado gloriosamente en el camino a Damasco (Ver Hch. 9:1-19). ¡Qué paradoja! Parece que careció durante un largo tiempo de su vida de una clara visión física, pero ninguno de los apóstoles predecesores lo superó en una vista tan amplia acerca del misterio de Cristo (Comp. Ef. 3:4, 5; Gl. 1:15-16; 2 P. 3:15-16).

El Evangelio de Juan nos revela que el ver es algo imposible mientras el hombre no haya experimentado el nuevo nacimiento. La visión espiritual comienza precisamente en la regeneración. Por eso, Jesús le dijo a Nicodemo: “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3).

Ahora, analicemos primero,

Algunas causas de la ceguera espiritual

  1. La caída original. en Adán, nacemos invidentes respecto al reino de Dios. Cuando la vista carnal de Eva fue abierta y vio que el árbol de la ciencia del bien y del mal era bueno para comer y agradable a los ojos y codiciable… (Ver Gn. 3:6), aquella distorsionada visión y la participación de Adán en su desobediencia, dejó espiritualmente ciegos a toda la descendencia humana.
  2. La obra de Satanás. Entonces, Satanás se enseñoreó de este mundo (Cf. Jn. 12:31), y tal como hizo con Eva, la vista espiritual de los no creyentes, fue su blanco de ataque: “… El Dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no le resplandezca la luz del Evangelio de la gloria de Cristo que es la imagen de Dios (2 Co. 4:4).
  3. El aferrarse a la Ley como medio de salvación.  A los que tal hicieron, esto les ocurrió: “… El entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto… Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos”.
  4. El prejuicio y/o la predisposición. Cuando Felipe dio a Natanael la noticia más grande que le podía compartir: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, así como los profetas: a Jesús… Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Hasta enmarcar torpemente al Mesías relacionando su valía con la calaña del pueblo de su procedencia, llegaba la corta luz de sus ojos.
  5. El orgullo. Jesús le dijo a sus detractores. “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn. 9:41).

La invitación de Felipe a Natanael, ven y ve, hace claro que Dios tiene un milagro de vista clara para todo el que se acerque, pidiendo ser iluminado en Cristo (Ver Jn. 1:45-46).

He aquí el milagro de obtener visión

Cuando Cristo le fue revelado a aquel piadoso Natanael, sus ojos le fueron abiertos a tal dimensión, que inmediatamente confesó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Jn. 1:49).

Ver, constituye un milagro ascendente

Aunque Natanael ya había visto, no lo había visto todo. Por eso, “… Jesús le dijo: Cosas mayores que estas verás” (v. 50). Allí comenzaría una visión de Cristo de características ascendentes: “De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre” (Jn. 1:51).

Los samaritanos fueron traídos al pozo de Jacob, porque sus ojos se habían comenzado a abrir por el vibrante testimonio de aquella misionera gentil. Al oír a Jesús, fueron de tal manera iluminados, que le dijeron a la mujer: “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Ver Jn. 4:28-29; 39-42).

Pablo encontró en Éfeso a unos discípulos. Pero cuando este les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo cuando creyeron, dijeron: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo”. Después que Pablo les explicó la diferencia entre el bautismo de Juan y aquel del cual él les hablaba, ahí mismo vieron y experimentaron una nueva dimensión del Espíritu que no habían conocido antes (Ver Hch. 19:1-7).

Al llegar a Cristo, ¡qué esperanza de vista clara hay! El velo de oscuridad bajo la Ley, “… por Cristo es quitado… cuando se conviertan al Señor el velo se quitará” (Ver 2 Co. 3:14-15). Se necesita un elemento más poderoso que las aguas del Siloé para traer vista espiritual al ciego. Es un colirio que solo Cristo puede ofrecer, como lo hizo con la iglesia de Laodicea (Ver Ap. 3:18).

Ver produce beneficios extraordinarios

Con sobradas razones Pablo oraba que los ojos espirituales de los hermanos fueran alumbrados (Ver Ef. 1:18).

  1. Ver trae libertad. En el delicado lenguaje de la Biblia, ver la intimidad en el matrimonio, es descrito como conocer (Comp. Gn, 4:1, 17, 25, Mt. 1:25). En este sentido, en Jn. 8:32 Jesús dijo: “… y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ver es conocer, y esa luz, liberta.

  2. Ver produce gozo. En Jn. 8:56, Jesús dice: “Abraham… se gozó de que habría de ver mi día, y lo vio y se gozó”. Cuando Isaac nació, Abraham vio en aquel infante, un sello seguro de que el Mesías habría de venir (Ver Gn. 17:17). De hecho, en Gn. 17:19, Dios le muestra que la promesa del nacimiento de Isaac, estaba ligada a un pacto perpetuo para toda su descendencia. Ello alumbraba hacia la llegada del Mesías.
  3. Ver produce vida. “Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Jn. 14:19).
  4. Ver hace contundente la predicación. Por eso Pedro y Juan decían: “… no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch. 4:20).
  5. Ver produce una transformación gloriosa a la imagen de Cristo: “… nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Co. 3:18).

Deseo que Cristo nos sea revelado tan plenamente, que podamos decir con el mismo Juan: “lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado… tocante al Verbo de vida… eso os anunciamos” (Cf. 1 Jn. 1:1-3). Cuando nuestros ojos espirituales han visto a Cristo, y lo conocemos más y más, nuestra fe y confesión de él, llegan a ser irretractables.

Por eso, a todos se nos hace aun, esta solemne invitación:

Ven y ve.

Con vosotros, “… a fin de conocerle… ” (Fil. 3:10),

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.

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