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VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS

VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS

Jesús estaba a la mesa en casa de uno de sus discípulos, llamado Leví. En el mismo sitio, los detractores del Señor, le asechaban con preguntas tales como esta, hecha a sus discípulos: “¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?” o esta que le hicieron a Jesús: “¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces… y los tuyos comen y beben?”. A la primera, Jesús respondió: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”. Para la segunda, esta fue parte de  su respuesta: “… nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan” (Ver Lc. 5:27-39).
 
El mismo cuadro del lugar donde Cristo pronunció estas palabras, sirve para entender su significado. Allí está el anfitrión, Leví, un cobrador de impuestos. Allí, también, los publicanos y pecadores, que vinieron al banquete y se sentaron. Presentes de igual manera, los críticos de Jesús, los escribas y fariseos. Acompañando al invitado de honor, estaban sus doce discípulos. Pero, sin duda, el centro de aquella cita, era Jesús. 
 
La crítica farisea apuntaba solamente a lo que el ojo religioso veía. Ellos estaban en desacuerdo conque Jesús se sentara a comer con pecadores. Pero Jesús no estaba en ese escenario para indultar a pecadores endurecidos, sino para brindar a las almas enfermas, la salud gratuita, llamándolos al arrepentimiento, para salvación. 
 
Es entonces, que Jesús pronuncia estas palabras cuyo significado contextual sería más o menos así: “El Evangelio que vengo a predicar, es como un vino nuevo, que quiero dar a todos”. Sí, era un vino nuevo, porque el Evangelio es un nuevo pacto, establecido sobre mejores promesas (He. 8:6), basado en un sacrificio mejor que los de la Ley (He. 9:11-28). Es un sacerdocio mejor que el de Aarón (Sal. 110:4; He. 7:11-28), y que sería  maravillosamente sellado con un nuevo derramamiento del Espíritu Santo (Jl. 2:28-32; Hch. 2:14-21).
 
Ahora, esta nueva “sustancia divina”, no podía ser recibida y retenida por un sistema religioso, basado en ritos y en la letra de la Ley. Y no es que la Ley no hubiese servido, sino que Cristo era el cumplimiento absoluto de ella, pues “La ley y los profetas, eran hasta Juan” (Lc. 16:16). A partir, pues, de la venida del Salvador, comenzaría  una nueva dispensación, la de la fe, y la justificación por gracia (Ver Ro. 5:1), la de la locura de la predicación (1 Co. 1:21), la de Dios justificando al impío que cree en él (Ro. 4:5), la de la Palabra de la cruz, que es poder de Dios (1 Co. 1:18). Esto era el vino nuevo de Jesús, que alegraría el corazón del hombre que lo “bebiera” (Ver Sal. 104:15). El Evangelio no sería servido para hacer complacer al hombre en sí mismo, como el Fariseo, quien, intentaba orar de pie en su orgullo de piedad (Ver Lc. 18:11-12). El vino nuevo de Cristo sería vertido en corazones que hubiesen experimentado el nuevo nacimiento. Aquellos publicanos y pecadores sentados con Jesús, podrían ser salvos aquel día, y cual odres nuevos, ser flexibles a recibir la doctrina de Cristo. Creyendo en Jesús, eran idóneos para retener el anuncio de la salvación por la fe. Cuando Felipe le dio a beber de este Vino a los habitantes arrepentidos de la despreciada Samaria, este fue el efecto maravilloso: “… había gran gozo en aquella ciudad” (Hch. 8:1-8). Cuando lo dio al Eunuco Etíope, este “.. siguió gozoso su camino” (Hch. 8:39). El vino nuevo de Cristo, el Evangelio, “es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Ro. 14:17).
 
Los críticos de Jesús no se arrepintieron de su dureza. Sus corazones, conformados al judaísmo sin Cristo, fueron calificados como odres viejos, los cuales, si se les vertía el vino de Salvación por la fe, podían romperse y dejar filtrar el caro néctar del Evangelio. Mas, ¡aquellos que “llegaron últimos”, podrían ser ahora primeros! (Ver Mt. 20:16), y regresar a sus casas con sus corazones saciados del vino salvífico del Nazareno. 
 
Amados, les animo a clamar conmigo: “Señor, haznos odres nuevos, dóciles a ti, anhelantes por recibir más de tu Evangelio. No permitas que vayamos a perder el hambre y la sed por tu Palabra y por tu Espíritu”. La reparación de nuestros odres le va a permitir a Cristo verter en nosotros, ese tipo de vida cristiana, que no envejece con los años. Es un vino que nada tiene que ver con guardar ritos de la Ley, sino que es un banquete continuo con nuestro Señor. Así lo dijo el himnólogo inspirado: “Dame un nuevo corazón, que te alabe noche y día”.
 
Esperando que el vino nuevo de Cristo, tenga en nosotros esos odres nuevos para conservarse mutuamente,
 
Soy vuestro servidor alegre,
 
Pst. Eliseo Rodríguez.
Iglesia E. Monte de Sion.
 
¡QUE PODAMOS RETENER ESTE FIN DE SEMANA EN LA CASA DE DIOS, EL VINO ESPIRITUAL QUE HACE CAMBIAR EL LAMENTO EN BAILE.
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