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VIVIRÁS PARA SIEMPRE

VIVIRÁS PARA SIEMPRE

El Salmo 37, describe en forma preciosa el contraste que Dios establece entre las consecuencias que enfrenta el hombre injusto, por sus iniquidades, y las recompensas divinas dadas al que anda en justicia. Dentro de las promesas que la Palabra ofrece aquí, está esta, aparejada a una demanda divina: Apártate del mal, y haz el bien, y vivirás para siempre (v. 27). Apartarse del mal, no es la actitud de alguien que decide dejar de hacer lo malo, debido a peligros que enfrenta en esta tierra por su desvarío. Más bien, es un acto de arrepentimiento y conversión a Dios. Los que tal hacen, reciben algunas identidades especiales: Llegan a ser aquellos que esperan en Jehová (v. 9). También se les conoce como los mansos (v. 11). El que tiene ese estilo de vida, se le trata como a justo (v. 12). Este entra en la compañía llamada, los de recto proceder (v. 14 c). A este grupo se le identifica como, los perfectos (v. 16). En ellos se hace tan notable la bendición de Dios, que se les identifica como los benditos (v. 22). Reciben también el nombre de santos (v. 28), además, de íntegros (v. 37). Hasta el final de la vida de este hombre fiel, lo distingue un tipo de madurez de carácter, que le da el título de hombre de paz (v. 37 b). Entonces, al que llega a este nivel espiritual, le asiste una promesa que le hace, directamente Dios: “Vivirás para siempre”. 
Todo este lenguaje maravilloso del Salmo 37, donde la vida que Dios ofrece por siempre, se condiciona a los mejores estándares de pureza, halla su mejor expresión en la persona, y en la obra redentora de nuestro Señor, en la cruz. 
 
El apóstol Juan dijo de Cristo, que en él estaba la vida (Jn. 1:4). El Señor confirmó su igualdad al Padre en cuanto a vivificar, cuando declara: Como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo, a los que quiere da vida (Jn. 5:21). Al pagar en la cruz el precio por nuestras transgresiones, nos liberó del aguijón de la muerte, que es el pecado (1 Co. 15:56). Por eso, marcó así el propósito principal de su venida: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Jn10:10). Él mismo dijo ser la resurrección y la vida (Juan 11:11:25). Describiendo el poder vivificante de sus palabras, dijo: Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida (Jn6:63). Hay a tal manera vida plena en esas palabras, que anunció: Los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán (5:25). Cuando Juan mostró el objetivo de las palabras de su Evangelio, dijo: Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre (Jn. 20:31). Con razón, Pedro llamó a Jesús, el autor de la vida (Hch. 3:15)Pablo lo presenta en contraste con el primer Adán: en Adán todos mueren… en Cristo, todos serás vivificados (1 Co. 15:22). Cristo, el postrer Adán, es espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Su resurrección triunfal de entre los muertos, lo hace a él, las primicias, el primogénito de entre los muertos (1 Co. 15:23; Col. 1:18). El apóstol Juan, en su primera epístola, testifica acerca del Señor: porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó (1 Juan 1:2). Más tarde acredita así la obra de Dios: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Jn. 5:11). 
 
Ahora bien, esta promesa dada al piadoso, vivirás para siempre, no tiene solamente el significado de existir. Dios en su Palabra le da un sentido mucho más amplio a la palabra vida. Cuando Adán fue creado, tenía tanto existencia como vida. Luego de su pecado, siguió existiendo por un tiempo, pero el pecado le había quitado la verdadera vida, la comunión con Dios. En este sentido, inmediatamente después de su caída, Adán estaba vivo, pero muerto; existía físicamente, pero la comunión con Dios se había truncadoDios no reconoce que el hombre puede estar vivo, si está separado de él. Nosotros mismos, antes de venir a Cristo, existíamos, pero estábamos muertos espiritualmente. Mas, el anuncio del Evangelio es contundente aquí: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados (Ef2:1). Esa impartición de vida al pecador arrepentido, tiene la connotación de resucitar y de conectar inmediatamente con la fuente de la vida, que es Dios mismo. El Evangelio no es una mera experiencia que se pueda recordar al correr de los años. Es más que eso; es una relación constante y creciente con Dios mismo. Más allá de un suceso inicial de resurrección espiritual, el evangelio es una vida, es una cena diaria, a la mesa de Cristo (Ver Ap. 3:20).
 
Lo que Dios promete acerca de la vida para siempre, es el producto de la pureza del corazón y la entera consagración a él. Ahora, en el Nuevo Pacto en Cristo, no debemos meramente esforzarnos, confiando solamente en nosotros mismos para ser mejores cada día, sino que debemos ir al lavacro a limpiar nuestros pecados, porque la sangre de Jesucristo su Hijo, nos limpia de todo pecado. Cristo nos dio su sangre para limpiarnos de toda iniquidad, y él mismo nos da su gracia para vivir victoriosamente contra el pecado que nos asedia. La santidad es directamente proporcional a la vida, o sea, la santidad y la vida se corresponden mutuamente. Donde la sangre de Cristo ha hecho su efecto purificador, la vida de Cristo se manifiesta en forma natural. 
 
Amados, ¡Aceptemos el desafío de estar a cuenta con Dios! (Isa. 1:18). En esa posición transparente en su presencia, hay pureza imputada divinamente al creyente. Y desde el trono, beberemos del rio limpio de agua de vida (Ap. 22:1), y oiremos el susurro de la voz del Omnipotente, decirnos: 
Vivirás para siempre
 
En la esperanza de la vida eterna,
 
Vuestro servidor,
 
Pst. Eliseo Rodríguez
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