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VUESTRO TRABAJO EN EL SEÑOR, NO ES EN VANO

VUESTRO TRABAJO EN EL SEÑOR, NO ES EN VANO

“… Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58). Mas, fijémonos en la condición anotada en el texto, que regula el fruto prometido.

Lo primero aquí, nuestro trabajo. Cristo nos salvó, no solo para salvarnos, sino para servirle: “… habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios… ” (Ro. 6:22). A diferentes horarios se escucha la pregunta inquisitiva del Señor: “¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? (Ver Mt. 20:6). Desde el pozo de Jacob, el Maestro dice a sus discípulos: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega” (Jn. 4:35). Y en voz del Heredero de la viña oímos su propio ejemplo: “Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (Jn. 9:4). Nuestro Señor espera que fructifiquemos. Como dijo el inspirado himnólogo Isaiah Baltzell: “el que quiera trabajar, hallará también lugar, en la viña del Señor”.

Lo segundo, es que nuestro trabajo sea en el Señor. Los cristianos somos pámpanos de la Vid verdadera, que es Cristo. Él mismo nos enseñó: “separados de mi, nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Hay algunos requerimientos para que lo que hacemos, sea realmente en el Señor:

1. Debemos hacerlo, en comunión con él. Somos tripartitos en esencia. Somos un espíritu, que tiene alma y que habita en un cuerpo (Ver 1 Ts. 5:23). Por tanto, los cristianos podemos laborar, y a la vez orar. La siguiente fue una frase peculiar de los profetas Elías y Eliseo: “Vive Jehová, en cuya presencia estoy” (1 R. 17:1; 18:15; 2 R. 3:14; 5:16). En ninguna de las veces, dijeron esta expresión de rodillas en el templo, sino mientras laboraban para Dios. Así que, sin descuidar nuestras citas a solas con el Maestro, se puede también trabajar para el Señor, y a la vez estar en el Señor.

2. Debemos trabajar en el Señor, obedeciendo el diseño divino que se nos ha entregado. En una de las obras para Dios más excelsas conocidas en la Biblia, a saber, la construcción del Tabernáculo, Dios le ordenó a Moisés: “Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte (He. 8:5). Aquel santuario desmontable, era un tipo glorioso de Cristo, en su relación redentora y sacerdotal con los hombres, hasta llevarnos para siempre a la presencia de Dios. Este ejemplo dice suficiente a los obreros de la Iglesia, sobre la responsabilidad que pesa en nosotros, de obrar conforme a la Palabra, porque eso garantiza en gran medida, que lo estemos haciendo en el Señor.

3. Otro aspecto que certifica que nuestro trabajo sea en el Señor, es que lo hagamos para la gloria Suya. Cuando en Listra, Pablo y Bernabé fueron usados sobrenaturalmente para levantar al hombre imposibilitado de los pies, la multitud confundida, los consideró dioses, y vinieron para ofrecerles sacrificios. Pero “Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo… ” (Hch. 14:14-15). Se necesitan hoy obreros de este calibre, que rasguen de sí toda vanagloria, y cumplan este requisito del hacer por Dios: “revestíos de humildad… ” (1 P. 5:5). “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Co. 10:31). “… para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén (1. P. 4:11).

4. El último que queremos acotar aquí, para que nuestro trabajo sea en el Señor, es que debe hacerse en armonía con el Cuerpo de Cristo, la iglesia. “El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos” (1 Co. 12:14). “Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso (1 Co. 12:18). En el Cuerpo de Cristo, todos los miembros tenemos una función. En la obra, “… uno es el que siembra, y otro es el que siega… otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores” (Jn. 4:37-38). ¡Qué bien sabía Pablo trabajar en el equipo del Señor! Este es su ejemplo: “Yo sembré, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Co. 3:6). En todo lo que hacemos en la iglesia, hay que discernir el cuerpo del Señor. No hacerlo, puede ser altamente peligroso (Ver 1 Co. 11:29).

Amados, si trabajamos, de acuerdo a la enorme demanda de obreros que tiene la Viña (Comp. Mt. 9:37), y si mientras laboramos, lo hacemos en comunión con Él, para la gloria Suya, conforme al modelo divino y en concordia con el Cuerpo, no estaremos golpeando el aire (Ver 1 Co. 9:26). Habrá fruto sano y abundante en nuestra labor para Él. Siempre hay que ser paciente, pero en algún momento, la producción será manifestada: “Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía” (Stg. 5:7).

Espero que esta reflexión te produzca ánimo para continuar la tarea divinamente encomendada, y aun cuando no tengas demasiado llenas las gradas de los que te debían felicitar en tu carrera, recuerdes, que tu trabajo tiene virtud. Es que el mismo que te llamó a servirle, te permite el honor de caminar con él la jornada, y es a la vez el que se encarga de que tu trabajo en el Señor no sea en vano.

Como un pequeño colaborador en la Mies,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia E. Monte de Sion

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